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Ni aquí nor there

Por: Majo Gayón


The sky over New York.
The sky over New York.

Ever since I was a little girl, I've had a strange affinity for a language that's not my own. Call it a pretension, or perhaps my stubborn, self-imposed – and possibly thereby validated – belief of not belonging. Is it any wonder, then, that I love best from a distance, in a distant language?


Averiguar por qué me siento más cómoda siendo vulnerable en un idioma que en otro se convierte rápidamente en la pregunta del huevo y la gallina. ¿Será que el idioma aprendido me permite alejarme de palabras viscerales? ¿Aquellas que pueden sonar infantiles y hasta tontas por su simplicidad, pero que a menudo son las más sinceras? ¿O será, en cambio, que no recurrir al idioma que estalla junto con mis emociones me permite acercarme más al centro crudo de mí, a lo que palpita dentro de mi ser?


For a heart that has always desired closeness, mine appears to be jodidamente resistant to it. It knows how to yearn and reach, but not how to bridge. It's an expert at building towers, the foundations made up of measured reactions that belie my untameable passion,their facade accented by pretty, rehearsed phrases. My careful structures allow me to observe my emotions from a safe height, nevermind the sickening vertigo of the void between who I am and who I portray, and the quiet call that compels me to close the gap, consequences be damned.


Tal vez lo cierto sea que doy demasiada importancia al idioma, porque después de todo, ¿qué lenguaje no se queda corto al tratar de hablar de sentimientos y, más aún, de amor? Lo difícil es enfrentar que la distancia entre la persona que amo y yo, es enorme. Geográficamente, lo primero, pero dejemos eso en segundo plano por ahora. La distancia estaría presente en nuestra relación, como lo está en todas, aún si viviéramos juntos. Las fronteras de nuestros cuerpos, la aduana de nuestros pensamientos, el bagaje cada vez más pesado de nuestro pasado, nos mantienen arraigados en nuestro mismo sitio. Él es él y yo soy yo, y por más que nos acerquemos, lo que nos separa es tan trivial y tan inmenso como lo que separa a la palabra querer de la palabra amar.


But, of course, geographical distance forces us to rely even more on this most imperfect of vehicles: language. And the temptation to take refuge in the unreachable altitude of my Cool Girl tower is almost irresistible. My needs, moods, and annoying habits are only too easy to hide in the pockets of time between texts. On bad days, each and every kilometer laughs in the face of digital communication’s feeble attempts to cross the gulf between “I love you” and “te amo”. On good days it’s even worse, as the mind struggles to come to terms with the distance between “should be here” and “is there”; the unwieldy, infinite space contained in the word “someday”. 


Dije antes que amo mejor a distancia. Digo mejor, pero entendido como más fácil. La distancia duele y complica, pero también acerca, lo mismo que el lenguaje. No me hubiera enamorado si no fuera a través de nuestras palabras; quizás no me hubiera enamorado tampoco si no existiera esta distancia, que me ha permitido verlo y verme a través de los prismas de lo que decimos, lo que se lee entre líneas y lo que callamos.


I hope and hope and hope – I could fill an ocean with it – that I might get to do the hard part, and let myself be known and loved up close, and wordlessly.

 
 
 

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