Vivir en un espacio liminal
- Andrea Pérez Balderrama
- Feb 28
- 5 min read
Por: Andrea Pérez Balderrama

Recuerdo muy bien el día que me fui de mi país. Era un día de verano, bañado de ese sol que se comía el color de las casas y teñía la ciudad de colores pastel. Las montañas, que eran una presencia constante y pacificadora en mi vida, se erigían a lo lejos con sus infinitos tonos marrones que enardecían el azul del cielo. De camino al aeropuerto, iba muda en el carro, llena de anticipación pero triste después de tantas despedidas. No tenía más que una vaga idea del lugar al que llegaría, pero sí tenía la certeza de que sería mejor que donde estaba. Si no fuese así, ¿por qué tenía que irme?
En esa época, mi ciudad, Ciudad Juárez, era caótica, impredecible y muy insegura. Ni el paisaje montañoso, ni los espectáculos de los atardeceres, ni la presencia de nuestros amigos y familiares habían sido suficientes para contrarrestar el impacto que ese caos había tenido en mi vida. Ya estaba atravesada por la violencia, que a pesar de ser pan de cada día para mí, se había quedado plasmada en mi corazón. La decisión de migrar fue automática: un sí y un suspiro de alivio y así me fui. La mía fue una migración privilegiada. Mi papá, ingeniero de profesión, había conseguido trabajo en una empresa de electrodomésticos que accedió a llevárselo a él, a mí y a nuestra familia a vivir a un pueblo a la orilla del Lago Michigan, al norte de Estados Unidos.
Al principio todo fue idílico, como si estuviera en el set de una película. Era uno de esos pueblos gringos en los que las casas, todas casi iguales, tenían el césped recién cortado y dos carros perfectamente limpios estacionados en el garaje. Los niños dejaban sus bicicletas tiradas enfrente de sus casas y las puertas estaban siempre abiertas. No había montañas, y ya no se podía ver lo ancho del cielo, pero en su lugar habían aparecido árboles altísimos y frondosos, muchas flores que jamás había visto, conejos, luciérnagas, venados, ardillas, y por supuesto, el inmenso Lago Michigan, un mar de agua gélida que se extendía hasta el horizonte. Era precioso, un mundo ajeno al que estaba acostumbrada.
En ese pueblo michiguense aprendí muchas cosas. Saboreé la libertad por primera vez al explorar las calles zigzagueantes y los campos de maíz y uva de mi colonia en bicicleta, conocí el invierno (el de verdad, ese que te priva del sol por meses), disfruté los parques boscosos y el olor a humedad, y corrí en las dunas para llegar a la playa antes de que se me quemaran los pies. Era un lugar especial en el que ya no tenía que estar asustada. Ahí no secuestraban y asesinaban a gente y no había necesidad de carros blindados o de guardias de seguridad, pero pronto descubrí que tampoco era la película que me había imaginado al principio. Fue duro acostumbrarse a esa vida, que a pesar de estar demarcada por las transformaciones constantes de la naturaleza (de verde espeso a un brillante amarillo, luego anaranjado o rojo, finalmente convirtiéndose en un café cenizo antes de ser gris), era monótona y limitante.
En la escuela la gente era fría y excluyente, y mis maestros estaban convencidos de que, por no hablar perfectamente el inglés, no iba a poder seguir el ritmo de sus clases. En casa dejamos de tener esa vida familiar a la que estaba acostumbrada. Ya no había primos, tíos, amigos, o abuelos que visitar, ni cumpleaños o bautizos, bodas, quinceañeras a los que ir. Me sentía sola y fue así como comencé a fantasear sobre Juárez.
En mi cuarto, durante las horas que pasaba ahí dentro completamente sola, construí otro Juárez, y esa versión alterna de mi ciudad se convirtió en un lugar pulcro y alegre que casualmente existía en oposición a mi realidad michiguense. Cuando llovía en Michigan, yo estaba segura de que en Juárez brillaba el sol. Cuando nadie me invitaba a salir los viernes, sabía que en Juárez había una fiesta en la que seguramente estaría con mis amigos. Cuando pasaban de las nueve y las calles del pueblo estaban desiertas, estaba segura de que en Juárez había gente cenando tacos en la calle, o comprando un elote después de misa, o tomando una cerveza, o viendo una película en el cine.
Cuando regresaba a Juárez cada año para celebrar la navidad con mi familia, era como si la ciudad en la que crecí ya no existiera, sino que se había convertido en ese Juárez de mi imaginación michiguense. Me rodeaba de amigos, comía en mis restaurantes favoritos, me la pasaba peregrinando por las casas de mi familia (que siempre me recibía con alegría) y así la nostalgia crecía y me envolvía. Atrás quedó la inseguridad, el miedo, el calor agobiante, la falta de oportunidades, la precariedad del trabajo de mi papá, los problemas familiares, los baches de las calles, la basura y todo eso que veían las otras personas en mi ciudad. Para mí ya no existía.
Viví en ese Juárez alterno por mucho tiempo, y la verdad creo que me ayudó a sobrellevar lo dura que fue la vida en Michigan esos primeros años, en los cuales pensaba que mis papás se habían equivocado y que ese cambio abrupto de vida no había valido la pena, que estaría mejor si nos hubiéramos quedado. Pero con el paso del tiempo he podido apreciar todo lo que he recibido a partir de esa decisión de migrar.
En Michigan, tenemos una casa lindísima con un patio grande y tres árboles que nos cuidan del sol. Aunque sea una casa común y corriente por fuera, por dentro es un espacio en el que fui muy amada y en el que me dejaron ser. Por esa casa ha pasado toda la gente importante para mí. Muchos de ellos ya no son parte de mi día a día, pero su presencia dejó huellas indelebles en mi vida. En ese cuarto en el que me imaginé a mí Juárez alterno, también logré avizorar sueños que poco a poco se me han hecho realidad. Ahí me construí libremente, sin las ataduras sociales que existen en Juárez, y aunque Michigan haya sido el lugar de muchas batallas, hoy soy lo que soy porque viví ahí.
Hoy entiendo que habito un espacio liminal en el que ni Juárez ni Michigan son mejores. Sigo extrañando a mi familia y amigos de Juárez y el calor del desierto, pero ahora también añoro el Lago Michigan y los días largos y veranos húmedos de la península. Algo que al principio me parecía impensable, ahora ya me es natural: amo a Michigan tanto como a Juárez. Entiendo por qué me tuve que ir de Juárez, y no fue por la inseguridad o la pobreza o los baches en las calles. Fue porque necesitaba vivir en Michigan, así lo quiso el universo, y todos sabemos que sus planes son perfectos.
Comments