Generación / generation

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Mi sitio al lado tuyo

Por: Lola Yahoma

No logré ni pedir un café en la tienda de Julia.

Lo primero que noto es que es más linda en persona. Su piel tiene un color de arena mojada y sus ojos son largos y afilados, como si fueran balas. No lleva maquillaje, pero su juventud y belleza hacen que rebosa de resplandor. Me miro en el reflejo de la ventana del café con disgusto. Al lado suyo, soy todo lo opuesto: pálida como ceniza, con unas ojeras color fruta podrida. Ya he hecho esta comparación millones de veces durante este invierno interminable, cuando todos se han ido a dormir y puedo hacer mis investigaciones tranquilamente. Bajo las sábanas, agarro el móvil como si se fuera a ir corriendo y hago el recorrido habitual: primero, chequeo sus redes sociales por si ha subido algo nuevo, y luego me pongo a mirar sus playlists y a buscar en Google. 

Anoche, mientras la casa reposaba en el silencio de la noche azul, encontré un artículo de hace más de seis años de su antiguo instituto, en el que alaban a “Julia Ramírez por ser la primera persona en el municipio que va a un Ivy League college.” Por desgracia, Julia no es sólo un pelo largo y negro como un serpiente, escabulliéndose por su cuerpo. Es inteligente también, lo cual complica las cosas. 

Es fácil odiar a una mujer linda, porque las justificaciones son baratas y satisfactorias, como comerte un dulce de tienda de gasolinera: la belleza caduca, es un regalo y no un mérito, sólo sirve para una noche y nada más. El problema con las mujeres lindas e inteligentes no es que esa inteligencia les hace más deseables para los hombres –aunque también– sino que hace que esa mujer jamás entraría en la competición. Cuando me enteré de que Julia era inteligente, supe que la demonia que yo buscaba despertar en ella ni siquiera existía, o bien estaba ocupada en temas mayores. Me recordaba al tipo de conversaciones que tenía con mi madre cuando por primera vez Julia Ramírez se cruzó por mi camino:

—Mija, ya tienes una edad para estar en éstas. 

Estaba echada en el suelo del salón boca arriba mientras mi mamá lavaba los platos. Intentaba concentrarme en el sonido del agua yéndose por el desagüe para no pensar en el chico que, tras acostarse conmigo tres veces, no parecía querer hacerlas pares.

 —Mamá, no entiendes, hoy en día es diferente—. Me incorporé para que mi mirada la encontrara, allí encorvada sobre el lavabo, su pelo recogido en un moño demasiado apretado. —El feminismo postula que, dado que ya tenemos independencia económica, ahora la desigualdad se halla en lo amoroso—. 

Mamá no tuvo que decir nada e inmediatamente me sentí ridícula. 

—No sabía que se podía estudiar tanto para acabar hablando nada más que puro humo—dijo con indignación. —Tanto dinero para unos estudios que sólo te enseñaron cómo hacerte la víctima. Anda, deja de justificar tu pereza, levántate y recoge los vasos de la mesa—.

Volví a acostarme en el suelo. Mamá empezó a gritar, pero ya estaba pensando otra vez en el chico, su lengua, y el cuerpo de Julia Ramírez.

Me siento casi igual de ridícula ahora, tratando de animarme para entrar en el café donde trabaja Julia. La observo: el movimiento que hace con la muñeca para manejar la máquina de expresso, la seriedad en su expresión al aconsejar a los clientes dudosos y cómo vacila a sus compañeros de trabajo en los ratos tranquilos. Me siento mareada al ver el halo de libertad que la rodea. Intento ubicar los confines de mi odio hacia ella, si entre ellos se ha enredado algo de admiración, un amor perverso o incluso deseo. No me da mucho tiempo, porque de repente hay una figura delante de mí, abriendo la puerta, sonriendo con unos dientes blancos como este cielo de enero que nos supervisa desde arriba.

—Julia Ramírez —digo estúpidamente. 

—Ya. ¿Y tú eras…? 

—Ehhh, yo soy Carla, la novia de Fernando. 

—¿Quién es Fernando? 

Estoy incrédula. —Fernando, ehhh, el chico con el que… has estado, pues, quedando. —Mis manos tiemblan mientras saco el móvil, voy a la carpeta de fotos, le enseño las capturas de pantalla donde está todo, todo lo que ha roto la poco autoestima que me quedaba. Julia mira y lee las “pruebas” con una expresión compasiva, como la que se pone a un niño cuando te quieren enseñar un baile que han inventado y acaba siendo saltar y hacer gestos con las manos. 

—Ahhh, ya, ya veo que ha pasado. —Me devuelve el móvil con una sonrisa conspiratoria. —Nada, no pasó nada entre nosotros. Me escribió por Instagram ya que vamos al mismo gimnasio, y como vi que tenía fotos subidas con una novia –tú, ya veo– dije pues a ver hasta dónde llega éste con la tontería. Para mandártelo luego. Te iba a buscar la cuenta esta tarde. Veo que te me adelantaste. —Dice, vacilona.

Mientras habla, tengo la terrible sensación de que me miente, que lo ha planeado con Fernando para llevarme a la locura, estilo Truman Show. Pero la indiferencia está clara en la mirada aburrida con la cual Julia me contempla, las miraditas impacientes que lanza hacia el interior del café. 

—Tienes que trabajar, y aquí viene una tóxica para meterte en líos. —Me cubro la cara con las manos y siento que la vergüenza me arde desde dentro hacia fuera, como si mi corazón fuera una cacerola y mi piel desprendiera humo. —Lo siento, Julia, pensé que me habías quitado el novio…

 —Siempre hay hueco para tres —Me dice con un guiño del ojo, mirándome fijamente por primera vez desde que salió a recibirme, arriba-abajo mientras vuelve a entrar en el café, el momento de mi destrucción insignificante para ella, un chisme para contar a sus amigas esta tarde mientras se toman unas cervezas, no sabéis el pedazo de patética que vino a la tienda hoy…, pero yo estoy cautivada, inspirada, rabiosa, todo a la vez, y pienso que si no hay espacio para obsesionarme sobre una infidelidad, siempre habrá sitio para que Julia Ramírez me ocupe a mí.

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