Generación / generation

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EMPARANOIARSE

Por: Luis Javier Capote Pérez

Théodore Gericault: Man with delusions of military command.

Cuando Magdalena propuso el tema de la paranoia como protagonista del número de junio, hacía pocos días que había puesto fin a una relación de un cuarto de siglo con un colega del trabajo, con el que había compartido unas cuantas historias en el entretenido mundillo de la divulgación de la ciencia y de la difusión del pensamiento crítico. 

Los motivos no vienen al caso, pero me llamó la atención que el correo que me había enviado en la madrugada de un sábado –y que desencadenó la partición de peras– manifestara que se sentía emparanoiado porque creía que yo le estaba castigando por la comisión de unas pretendidas faltas que solamente existían en su cabeza, al igual que mis intenciones punitivas. 

Eso me sorprendió porque una persona a la que consideraba racional, tanto por formación como por trayectoria, albergaba en su interior un impulso insensato y, además, parecía reconocerlo. Digo que parecía, porque cuando intenté argumentar que su mensaje no era muy respetuoso y que no comprendía cómo podía pensar algo tan desagradable sobre mí, respondió contumazmente con un mensaje que era un sostenella y no enmendalla en toda regla. Como dos no pelean si uno no quiere, di por terminado el intercambio de mensajes –que había pasado del correo electrónico a la mensajería instantánea– y concluí que una persona a la que había considerado amiga por largo tiempo nunca había sido tal. 

La propuesta de Maggie trajo a mi mente este recuerdo, todavía fresco, y me hizo reflexionar sobre las razones por las cuales alguien podría comportarse de una manera tan irracional, al menos a los ojos de un observador externo. El adjetivo calificativo empleado no era casual: emparanoiado evoca la idea de padecer una paranoia, pero no suena tan fuerte como paranoico. ¿Qué impulsa a una persona a pensar que otra está en su contra? Más aún ¿qué mueve a alguien a creer que el mundo está en su contra? 

Echando la vista atrás, afloran otros recuerdos, los cuales están unidos a personas que se cruzaron en mi vida y que tenían sus propios «emparanaoiamientos». En uno de esos casos, la obsesión se traducía en una actitud profundamente pesimista y negativa ante la vida: todo iba a salir mal, el esfuerzo no merecía la pena, la empresa que estaba por ser abordada iba a saldarse con un fracaso. El emparanoiado de esta historia irradiaba tal pesadumbre que en su entorno empezaron a llamarle «el pobre…» hasta que la madre de una de sus amistades cuestionó abiertamente aquella forma de referirse a un individuo que tenía «dos manitas, dos bracitos, dos piernitas y una cabecita»; era una forma de decir que no tenía motivo real para ir por la vida con expresión de mártir. 

En otra ocasión, descubrí que una persona a la que propios y ajenos consideraban el ser más feliz y despreocupado que habían conocido, albergaba en su interior una serie de temores irracionales que le producían una gran ansiedad a la hora de tener que hablar en público. Para combatirla, había desarrollado una serie de rituales que de tan poco ortodoxos eran en realidad manías y tics. Detrás de aquella apariencia relajada había una persona profundamente atribulada.

En honor a la verdad, tengo que reconocer que yo también tengo mis propios «emparanoiamientos». Nadie es inmune ni invulnerable ante la posibilidad de desarrollar una fijación, una manía o una obsesión; la diferencia radica, desde mi punto de vista, entre quien se deja arrastrar por ellas y quien se sobrepone. Igual que no puede haber luz sin sombra ni valor sin miedo, creo que esas paranoias cotidianas son el contrapunto de la racionalidad. ¿Se puede afirmar que somos verdaderamente lógicos y racionales, cuando nunca nos hemos enfrentado al reverso tenebroso? Yo creo que no.  

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