Generación / generation

seis obras, cualquier formato, cada último domingo del mes / six pieces, any format, every last Sunday of the month

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CONOCER A TUS MITOS, (DES)MITIFICAR A TUS CONOCIDOS

Por: Luis Javier Capote Pérez

«Pedestal,» image from Wikipedia.

Hace unos años tuve la ocasión de entrevistar en dos ocasiones a Martín Gamero Prieto, un estudioso de la informática y los videojuegos, con ocasión de la publicación de sendos libros especializados en la materia. Durante uno de los programas dijo una frase lapidaria: no siempre debes conocer a tus ídolos, pues descubres que cagan y mean. 

Un poco antes, hace casi diez años, invité a un conocido divulgador grancanario a participar en Escépticos en el Pub en Tenerife, el ciclo de conferencias informales sobre difusión científica y pensamiento crítico de la Universidad de La Laguna. Los dos tenemos, más o menos, la misma edad y los dos habíamos entrado a participar en los colectivos escépticos españoles al mismo tiempo. En los momentos previos a su charla, recordamos los días en los que nos conocimos y vimos en acción a divulgadores y críticos de las pseudociencias -los llamados «arpíos»- a los que previamente habíamos conocido a través de sus escritos en la incipiente Red. Sus nombres evocaban a referentes en el área del escepticismo y la divulgación científica, pero, con la perspectiva que daban casi veinte años de distancia y la experiencia adquirida con el contacto directo, concluimos que aquellos ídolos tenían los pies de barro. En dos casos concretos, uno había derivado hacia ramas del conocimiento en las que no tenía formación, cayendo en una serie de imposturas intelectuales; el otro había decidido convertirse en la voz única del pensamiento crítico en España, intentando reducir al silencio a quienes no comulgaban con sus ruedas de molino. Por distintos caminos, se habían situado en las antípodas de aquello que decían defender. 

Estos dos episodios volvieron a mi recuerdo cuando Magdalena expuso el tema central de la edición de este mes, y se convirtieron en el cabo de un hilo conformado por una sucesión de episodios similares. A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas a las que, por razones diversas, he llegado a admirar: por su desempeño profesional, por sus conocimientos o talentos, por los principios de los que hacían gala… y en estos casos, especialmente en el último de ellos, la fascinación suele ir acompañada del respeto, mas no son la misma cosa. En algunos de los susodichos casos, el conocimiento puntual se transformó en un trato continuado y en la oportunidad de ver a la persona en otros ámbitos o, por decirlo más informalmente, en su salsa. A partir de ahí, resultaba inevitable descubrir la obvia evidencia: que no había luces sin sus correspondientes sombras. 

El hecho descrito al final del párrafo anterior no es para nada extraño ni sorprendente, pues todos somos humanos y, como tales, falibles y con una combinación de virtudes y defectos; en no pocas ocasiones, un mismo rasgo de carácter es ambas cosas. Lo que tampoco es raro, pero sí decepcionante, es el descubrimiento de las incoherencias. Parafraseando a un político local, de estrella tan rutilante como fugaz, la vida implica cabalgar sobre contradicciones, pero hay demasiadas ocasiones en las que el metafórico jinete es descabalgado y coceado por sus propias paradojas. En otro artículo mío para esta santa casa –el de quedar bien o ser un bien queda– hay un buen ejemplo de esta situación: vociferantes adalides del pensamiento crítico que callaron y se escondieron ante un caso cercano y directo de fraude en la ciencia. 

En un caso, la militancia en el escepticismo no era más que postureo, por lo que el acto de hacerse invisible ante la controversia no resultó extraño. En el otro, la vehemencia con la que se hacía gala de esa postura, casi en términos de militancia, se convertía en un absurdo, ante la incoherencia de intentar justificar una actitud diametralmente distinta, por el mero hecho de que el protagonista de aquel caso de mala ciencia -por usar nuevamente la expresión de Robert L. Park- era su antiguo mentor. En ese momento, el respeto dejó paso al desprecio, aunque no por ello dejé de valorar las cualidades que habían llevado a aquel primigenio sentimiento de admiración. Las luces eran más tenues; las sombras, más intensas. 

En muchas de esas ocasiones, se plantea a posteriori la pregunta del huevo o la gallina. ¿Fue la persona siempre así, de modo que tuvo que darse la ocasión oportuna para que se mostrara tal cual era? ¿Fue el resultado de un cambio operado por la vida? Sería absurdo pensar que somos siempre de la misma manera y, parafraseando a otro político local, gran maestro de la Realpolitik, se puede cambiar de opinión en esta vida. Es legítimo modificar el parecer y necesario reconocer los errores de apreciación, pero no es ésta la cuestión. La contradicción se revela cuando, nominalmente, no hay cambios de postura, pero sí se han producido en los hechos. Como comentaba antes, hay personas a las que admiras por sus valores, pero obras son amores y no buenas razones. Por cosas de la vida, he conocido a individuos que querían cambiar el mundo y dejar tras de sí algo mejor que lo que encontraron. Sin embargo, fueron muchas las veces en las que el discurso se mantuvo, pero los actos de quien lo expresaba empezaron a contradecirlo. El fin podía ser noble, pero los medios para alcanzarlo pasaban a serlo cada vez menos; el idealista pasaba a ser un pragmático y a creerse imprescindible, convirtiéndose al final en aquello que había determinado combatir.

Hay, por otra parte, un ámbito de la vida en el que la admiración viene de fábrica y en el que el conocimiento y las experiencias bajan a la persona del pedestal o ponen a éste en una altura más justa: la familia. Cuando eran muy pequeñas, dos de mis sobrinas decían que su papá era el hombre más fuerte del mundo, porque podía sostenerlas a ambas en brazos; pocos años después, decían que resolvía «montonísimos de problemas». Hay relaciones entre progenitores y vástagos para todos los gustos, pero tomando la propia como referencia, en la infancia pensaba que mi madre y mi padre lo sabían todo y tenían siempre la respuesta adecuada para cada situación; en el paso a la adolescencia -esa fase en la que, por lo general, asoma el choque generacional- circunstancias familiares determinaron que no hubiera mucha convivencia, por lo que fue durante la juventud y la madurez cuando fui viendo que, como humanos que eran, tenían sus defectos y cometían errores. Esto último se hace extensivo a otras personas, pues el vínculo familiar no es únicamente el genético -y la sangre, a veces, no es más espesa que el agua, pero eso es para otro momento- pues descubrir que son humanas las amistades verdaderas, colegas que son compañeros, compañeros que son mentores… implica su desmitificación, pero no la pérdida de la admiración, el respeto o el cariño. Papá y Mamá no lo saben todo y, a veces, hay un momento en el que el hijo se convierte en padre y debe vencer la devoción para asumir que, en ciertos momentos y circunstancias, debe hacer lo que hicieron por él, porque al final, no necesitas tener a alguien en un pedestal para admirarla o quererla, aunque haya quien lo merezca. No por ser un mito, sino por todo lo contrario: por ser sólidamente real y consecuente con sus valores, pero ese tipo de personas, tan poco comunes, no necesitan más peana que la que dan el reconocimiento y el respeto.  

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