Por: Luis Javier Capote Pérez

«No seas bienqueda», me dijo una vez una persona muy querida, cuando respondí a un comentario que no venía a cuento sobre la película Qué bello es vivir en cierta red social de mensajería corta. Fue hace unos años, durante las fiestas navideñas y yo había recordado que aquél era un filme típico de esos días entrañables. Para mi sorpresa, una actriz y presentadora venida a menos entró en el hilo para sentenciar que era una película aburrida, a lo que yo respondí que cada cual tenía sus opiniones. ¿Era una respuesta adecuada o había actuado como un bienqueda?
Hace ya mucho tiempo que la expresión políticamente correcto es de uso habitual. Vivimos en unos tiempos en los que el péndulo se está moviendo desde la corrección cuasi-total hacia el levantamiento de frenos y salvaguarda. Por alguna razón, nunca se alcanza el necesario equilibrio, pero ése es tema para otra ocasión. La cuestión es que, en estos tiempos en los que vivimos en la sociedad de la información -otra expresión que ya es añeja- parece haberse magnificado una forma de actuar que busca exponer que se está en el lado correcto de la historia, ya sea en mayúsculas o minúsculas.
Internet -la Red- supuso en su momento un cambio fundamental en nuestra forma de relacionarnos y de acceder al mundo, siendo las redes sociales el último paso en un proceso que se ha comparado con la revolución industrial. Todo el mundo tiene una opinión sobre algo, pero con uno o varios perfiles en las redes sociales, se permite exponer aquélla como si se usara un altavoz. Cada día las tendencias y reflexiones que antes se expresaban entre amistades, en reuniones presenciales o en la barra de algún bar tienen ahora una audiencia millonaria.
Todos los días tenemos conocimiento de la existencia de injusticias que se producen a lo largo y ancho del planeta. Algunas llevan produciéndose desde hace generaciones, en tanto que otras son consecuencia directa o colateral de toda suerte de cambios. En esa tesitura, resulta comprensible que todo hijo de vecino sienta el impulso de alzar la voz ante lo que considera incorrecto, pues la libertad de opinión forma parte de la libertad de expresión. Sin embargo, a veces da la sensación de que no se hace por una genuina intención de denuncia, sino porque es lo que toca. Llama la atención que en toda suerte de causas ciertos nombres se repitan. Ayer eran los efectos de la acción humana en el cambio climático, hoy es el drama de la migración irregular y mañana, ¡quién sabe! La única seguridad es que será el asunto que esté bajo la luz de los focos, mientras otros males menos conocidos o prácticamente olvidados no parecen llamar su atención. En realidad, no se trata de una situación nueva, pues antes de la Red y de las redes, existían las cartas de «abajofirmantes», ésas que, como me recuerda un buen amigo cuando todavía aparece alguna, sirven principal y casi exclusivamente para la promoción de quien las suscribe. Fingir señalar la luna para que se fijen en el dedo. Bienquedismo orientado a la autopromoción.
En justicia, debo insistir en el dato de que esta situación no ha venido dada por la presencia de las redes sociales; éstas solamente han magnificado algo que ya existía. Sin embargo, creo que la cuestión no debe enfocarse en términos cuantitativos sino cualitativos: ¿son relevantes los motivos internos a la hora de manifestar una opinión? Yo diría que sí, en la medida en la que son los que marcan la diferencia entre quedar bien y ser un bienqueda. Vaya por delante que no es mi intención establecer aquí un tratado de las buenas maneras en este campo, pero cuando quien supuestamente está exponiendo su opinión lo hace pontificando y pidiendo carnés, creo que es de justicia comprobar si quien lo hace actúa con esa rara virtud que es la de ser consecuente.
Hace unos días recordaba a un compañero fallecido hace ya bastante tiempo. Según el tango veinte años no es nada y pese a la distancia, no creo que pueda olvidar que él actuó correctamente en un asunto en el que todo se puso en su contra. Éramos ambos miembros de un colectivo que hacía actividades de divulgación de la ciencia, el pensamiento crítico y la lucha contra las pseudociencias. Un día saltó a los medios un caso que en su momento ocupó tiempo y espacio en prensa, radio y televisión y que hoy está olvidado. Un caso de mala ciencia o ciencia-vudú en el corazón de una institución académica. Los indicios de la nefanda naturaleza estaban presentes: invocación al autos epha, referencia a una presunta conspiración, manía persecutoria… Cuando la noticia llegó al colectivo, algunas de las voces que habían gritado más fuerte contra otras prácticas guardaron un vergonzante silencio; otras, destacadas practicantes de un prosaico pragmatismo se escondieron. En el segundo grupo estaban los bienqueda que no querían que sus ambiciones personales se vieran perjudicadas; en el primero estaban los vehementes cobardes. La postura de defensa del pensamiento crítico se convirtió en ambos casos en un simple postureo, porque a la hora de la verdad, cuando hubo que practicar la prédica en un entorno circunstancialmente hostil, se escondieron. Por eso, el recuerdo de aquel compañero quedó bien fijado en mi recuerdo, como el ejemplo de quien es consecuente con sus principios.

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