Por: Adela López

Un sábado cualquiera, entro en el Museo del Prado para escapar del calor de Madrid, el ruido de la ciudad, la contaminación de sus coches. La vorágine parece sosegarse al entrar en ese espacio fresco, tranquilo, el olor de pintura pasando por sus salas climatizadas.
A mí no me llaman especialmente los bodegones ni los retratos de burgueses estirados, pero me encantan los cuadros de los santos, de las escenas mitológicas. Voy hacia las salas de El Greco, con sus tonos casi etéreos, sombras difuminadas y luces resplandecientes.
Paso por delante de un cuadro de San Sebastián, en el cual unas flechas asaetean su cuerpo –la iconografía de este santo–, y escucho a unas personas comentar, “Uy, es que me dan mucha grima estos cuadros… Tanta violencia…”
Me sorprende el comentario; en un sitio tan tranquilo, no suelo pensar en la violencia. Pero es verdad, nadie diría que no hay violencia en las pinacotecas: las crucifixiones, las decapitaciones, hasta el mismo cuadro del pueblo asediado de Guernica. Algún santo con un cuchillo de carnicero clavado en la cabeza. Otro desollado que sostiene su propia piel.
Y así, paro a mirar a San Sebastián y sus flechas. Cuanto más miro al cuadro, más me frustra: no lucha, no pone pegas, simplemente deja que las flechas le atraviesen. Parece que acepta su destino estoicamente, asumiendo que “es lo que hay.”
Es lo que hay. Cuántas veces he escuchado esa frase. Los alquileres que comen la mitad de tu sueldo y hacen difícil que llegues a fin de mes… es lo que hay. Las personas sin techo que se quedan tirados afuera un día de 40 o 0 grados… es lo que hay. El auge de la inteligencia artificial, avivado por personas dispuestas al criptofascismo… es lo que hay.
Parece que nos rendimos ante estas injusticias, y me doy cuenta de que damos tanta lástima como la que da San Sebastián, clavado a un árbol y con cara de resignación. La violencia de la existencia moderna existe por todas partes, más para algunos que otros, eso sí, pero que nos penetra por doquier. A lo mejor, como yo en el museo, nos hemos desensibilizado tanto a la violencia cotidiana que es imposible reconocerla.
Bueno, y no tan cotidiana. Como yo al contemplar el cuadro de Judit decapitando a Holofernes, las sábanas empapadas en sangre, es difícil percatarse de todas las violencias: los desahucios, las guerras, los genocidios. Una amiga mía de la primaria perdió a su hijo de cuatro años después de que su pareja le disparara y lo matara. El mundo está parado para todas las personas que sufren la violencia, pero ¿cómo es que el resto del mundo no para?
¿El hecho de ir tirando significa que lo aceptamos? ¿O el mero hecho de seguir es una lucha en sí? Es verdad que la supervivencia también es una forma de luchar, de lidiar con –como dijo Shakespeare en Hamlet– los tiros penetrantes de la fortuna injusta.
Dicho eso, ir tirando en un mundo violento no siempre es resistencia, sino que nos lleva a una violencia mayor: nos envejece, nos desgasta, son gotas que suman poco a poco hasta que uno se desborda. No fue un día de estrés lo que llevó a mi tía a sufrir un brote psicótico, sino el avance inexorable de años de estrés y descuido y el esfuerzo de encajar en un mundo que no para ni un segundo. Vivimos entre las yescas de una sociedad al límite. A diferencia de los santos que se resignan a sufrir, que no nos complazca aceptar el asedio constante.
La vigilante de la sala me hace una seña; ya es hora de cerrar. Bajo las escaleras, vuelvo al hall, recojo la mochila. Salgo del Museo a la ciudad, que me dicen que es tranquila y segura.

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