Por: Luis Javier Capote Pérez

Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho.
Estas frases, resumidas en la máxima venceréis, pero no convenceréis que la inicia, fueron pronunciadas por el escritor y filósofo bilbaíno Miguel de Unamuno y Jugo, como respuesta a los exabruptos con los que los militares sublevados al inicio de la última guerra civil española le increparon, durante un acto en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Unamuno era a la sazón rector de la institución académica y en una alocución anterior en ese mismo acto había echado en cara a los altos oficiales presentes y a quienes le habían precedido en el uso de la palabra sus soflamas belicosas y cargadas de odio. No hay una grabación que registre exactamente sus palabras, pero una versión recogida en la obra de Rafael Núñez Florencio, Encontronazo en Salamanca (2014) viene a dar la siguiente versión:
Ya sé que estáis esperando mis palabras, porque me conocéis bien y sabéis que no soy capaz de permanecer en silencio ante lo que se está diciendo. Callar, a veces, significa asentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Había dicho que no quería hablar, porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de una guerra internacional en defensa de la civilización cristiana. Yo mismo lo he hecho otras veces. Pero ésta, la nuestra, es sólo una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer no es convencer, y hay que convencer sobre todo. Pero no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión, ese odio a la inteligencia, que es crítica y diferenciadora, inquisitiva (mas no de inquisición). Se ha hablado de catalanes y vascos, llamándoles la antiespaña. Pues bien, por la misma razón ellos pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo Plá y Deniel, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer. Y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis.
Unamuno recordaba otra guerra civil española, la tercera intentona de los Borbones carlistas por hacerse con el trono. Durante este conflicto, su Bilbao natal fue asediado por los ejércitos del pretendiente Carlos María de Borbón y Austria-Este, Carlos VII para sus partidarios. En esa misma guerra, el hermano del pretendiente, el infante Alfonso Carlos y su esposa, María de Braganza, habían comandado la conquista de la ciudad de Cuenca, durante la primera fase del conflicto fratricida. La urbe castellana fue saqueada y el bando gubernamental encargado de su defensa, duramente reprimido. El obispo de la diócesis, Miguel Payá y Rico, recriminó duramente a los infantes que, enarbolando la causa que rezaba «Dios, Patria, Rey y Fueros» hubieran permitido tamañas tropelías. Un antecedente del venceréis, pero no convenceréis unamuniano.
Cuando Magdalena planteó la temática de este mes, recordé estos dos pasajes de la historia, para compararlos con situaciones similares con las que me encuentro desde hace bastante tiempo y en las que el esquema parece repetirse. Afortunadamente, no se trata de hechos en los que la fuerza bruta y la violencia física son empleados, pero en los que sí se echa mano a otro tipo de imposición, más propia de quien intenta ganar una discusión de que quien intenta razonar. Una mirada a las redes sociales permite comprobar la dificultad que encierra intentar mantener un debate mesurado. Un vistazo a las mesas de debate que se pueden encontrar en radio o televisión –lineales o a la carta– permite comprobar que la discusión razonada ha dejado paso al griterío y a la falta de respeto. Los medios de comunicación se han convertido en medios de opinión, algo particularmente grave cuando hablamos de los que son de titularidad pública, pero ésa es historia para otro día, así que voy a tomar un ejemplo concreto, el cual conozco bien: el del pensamiento crítico.
Mi primer contacto con los movimientos escépticos se remonta casi treinta años atrás. Allá por 1998, buscaba en la Red información sobre una serie de anime de mi infancia –Star Blazers, la versión estadounidense del clásico nipón Uchû Senkan Yamato– y caí de rebote en un sitio en el que alguien con el apodo «Yamato» en los otrora populares chats de IRC se dedicaba a desmontar de forma crítica relatos y testimonios que iban desde los avistamientos de ovnis hasta los fenómenos paranormales, pasando por las mal llamadas medicinas alternativas. Lo hacía echando mano del humor y empleando un tono ligero y relajado. En mi adolescencia, había tenido contacto con bastantes publicaciones especializadas en ese tipo de contenidos y el pueblo en el que me había criado había albergado en espacios públicos encuentros en los que se daba tribuna a los principales exponentes de lo que sus críticos denominan magufismo. Descubrir aquella página me permitió conocer de la existencia del movimiento escéptico en general y de ARP o Alternativa Racional a las Pseudociencias –hoy ARP-Sociedad para el avance del pensamiento crítico– en particular. Poco después, descubrí que una parte importante de quienes estaban en aquellos colectivos estaban en Canarias y más concretamente, en la Universidad de La Laguna. De ahí surgieron un curso interdisciplinar sobre ciencia y pseudociencias, y un aula cultural dedicada a la divulgación científica, pero ésas también son historias para otro momento.
Una de las constantes a lo largo de esos años ha sido la presencia de personas que asumían que los objetivos de hacer divulgación de la ciencia y promover el pensamiento crítico pasan por la premisa de que el fin justifica los medios. Ya sea en medios tradicionales –prensa, radio, televisión– como más actuales –bitácoras, pódcast, redes sociales– se caracterizan por una comunicación agresiva, tanto en la forma como en el fondo. La consideración de que el consenso científico está de su lado parece justificar su escasa predisposición al diálogo razonado. En no pocas ocasiones, las opiniones se ven acompañadas por exabruptos, burlas o adjetivos calificativos ciertamente despectivos. Episodios como los vividos hace unos años con la crisis del coronavirus o falacias recurrentes como la del terraplanismo son dos casos que encierran múltiples ejemplos en los que las formas se dejan de lado y se recurre a la descalificación y al insulto. Es un modelo de discurso que sirve para galvanizar al convencido, encastillar al antagonista e incomodar a quien no tiene una opinión formada.
En algunos casos particularmente extremos, se llega a afirmar la necesidad de que las instituciones reduzcan al silencio a quienes promueven bulos, falacias o macanas. En ese punto, nos deslizamos al peligroso mundo de la censura, pues se plantea el abandono del razonamiento que lleva la convicción, dejando paso a la victoria por imperativo de la ley. No la fuerza bruta, sino el poder de imperium de la cosa pública. El triunfo definitivo de un fracaso, porque el hipotético veto duraría lo que dure la norma que lo sostiene.
Alguna vez he preguntado a alguna de estas personas si no es contraproducente esa línea de acción. La respuesta recibida ha sido, casi siempre, la justificación a través del hartazgo de ver una mentira desmentida mil veces y repetida mil y una. Sin embargo, me sigue pareciendo una forma de patear el tablero que no lleva a ningún buen resultado. El debate no se gana reduciendo al silencio a la otra parte, sino exponiendo los motivos y razones que llevan a mantener una posición y a descartar la contraria. Además, debe asumirse que siempre habrá quien se mantenga en su posición, bien por contumaz creencia o bien porque la opinión alberga intereses más mundanos.
Se invocará la libertad de pensamiento; se echará mano de la libertad de expresión, pero en ese escenario nadie queda siendo blanco de la censura y así como de un lado existe el derecho a hablar libremente, del otro existe el derecho a la sana crítica, aunque sea árida. Esta libertad de pensamiento ha de venir de la mano de la asunción de la propia responsabilidad y no debe de tener más límite que el riesgo de afectar a quienes, por diversos motivos, no pueden ejercer su libre albedrío de forma plena. A veces, no pocas veces, hay que ver y hay que vivir para poder convencerse. En algunas de esas ocasiones, el cambio de convicción no lleva aparejado un cambio en los métodos. La vehemencia gira en sentido contrario, haciendo bueno el proverbio de que nada hay peor que un converso. Irónicamente, el neófito suele volverse más apasionado en la defensa de la nueva posición, porque desea borrar el pasado de una postura anterior, pero estas historias de mala conciencia son, una vez más, para otro momento.

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