Por: Julia Martín Blanco

The act of allowing somebody to do something, especially when this is done by somebody in a position of authority.
Permitir es dejar que te conozcan. Todos tus secretos, tus texturas, tus detalles y tus deseos. Cuando permitimos que alguien nos quiera, dejamos al desnudo nuestras inseguridades y entramos en un campo de guerra.
Siento que yo misma me he encerrado en este cuarto sin ventanas. Olvido la calidez del abrazo que ya no recibo, no quiero hablar con nadie; les haría daño.
Qué difícil es volver a permitir después de haber permitido durante toda tu vida.Se vuelve casi imposible permitir que entren de nuevo en tu hogar, en tu corazón, en tu mente, ¿Para qué? ¿Para que lo destrocen todo, todo lo que conocías, lo que deseabas, lo que habías aprendido que era querer?
Otro viernes llorando en la cola del baño. Otra mirada esquiva, un rastro de engaños como gotas de sangre en la nieve.
De repente, tú que tanto permitiste, cierras tus puertas y apagas las luces, porque ya no quieres que nadie tenga el derecho de romperte como te han roto.
De repente, el permiso pierde derecho y lo encierras en una caja fuerte que juras nunca más volver a abrir.
¿Cómo alguien pudo aprovecharse del permiso que otorgaste tan descaradamente?
Lo gracioso, es cuando tras un tiempo, te encuentras volviendo a permitir. Ya no tan abiertamente como siempre hiciste, sino con cautela, con miedo.
No, no le voy contar eso… Mierda, ya me he pasado. Mierda, me gusta mucho.
Al principio todo parece ir bien: Tu vida vuelve a tener colores que reconoces en el arcoíris tras el rocío en una mañana de abril, tu cabeza percibe la música en un tono más nítido y de tu pecho nace un sonido que pensaste haber perdido hacía ya tiempo, nace una risa.
Por lo tanto, consideras abrir las puertas de aquel oscuro lugar de nuevo, volver a permitir. No solo a los demás, permitirte a tí misma, permitirte querer y que te quieran.
Los colores se asemejan al verano y tus oídos reciben un repertorio musical, cuando de un momento a otro, todo vuelve a ocurrir de nuevo. Tu pecho arde, tus piernas fallan y el pequeño pianista que habita en tu cerebro comienza a equivocarse de partitura.
¿Y si vuelve a ocurrir? No… no es como antes, me prometió haber cambiado…
Siento un derrumbe en mi corazón.
Ya está, lo han hecho otra vez, se acabó.
Ahora sí. Permites, pero no permites la entrada — permites la salida. Más que permitir, obligas. Te escondes, te aíslas en tu mente, ahora te perteneces a tí misma y a nadie más.
Permites cerrar la puerta y quemar la llave, ¿qué más da?
Estás bien estando sola, ¿no?
Después de todo, se aprende a vivir sin algún otro elemento. Encuentras paz y felicidad en lo que haces, en tus amigos, en tu mundo.
De hecho, incluso intentas fingir que tienes tú la autoridad, que las puertas siguen cerradas pero haces como si estuvieran abiertas, hasta que hieres a alguien más y te ves reflejada en sus ojos, como te lo hicieron a tí.
Te odias.
Me odio.
Por eso mismo, escribo. Escribo para reflejar lo que siento y quiero dejar de sentir.
Escribo para dejar esta parte de mí atrás, escribo para encontrar la llave que quemé hace mucho tiempo.
Me cae bien. Voy a contestarle. Uy, igual me he pasado…no se ha ido.
Escribo para permitir, permitir querer y permitir que me quieran, porque el amor es un mundo enorme y precioso que tengo ansias de volver a investigar.
Y ahora tú, ¿me lo permites?

Deja un comentario