Por: Magdalena Mihaylova

¿Ojalá tuviera los cojones para hacer equis, u ojalá tuviera dos cojones, literalmente, andar por la calle con los huevos colgando como hacen los globos la mañana después de una fiesta, medio desinflados y tristes? Dos caras de la misma moneda; la materialización vulgar de una actitud que debe saber a la gloria.
Ojalá tuviera los cojones para comportarme mal, sabiendo que el perdón será mi escudo impenetrable, porque al otro lado es una mujer la que agarra la espada. El perdón saliendo de su boca como un manantial, siempre regando mi jardin de mil mentiras.
Ojalá tuviera los cojones para acercarme a la que me gusta en un desempeño de cortejo patético y predecible; gozar de la libertad de palpar, entender, y ejectuar mi sexualidad, sacarla de su cueva de vergüenza al sol sin que se caiga muerta al sentir el brillo de mil ojos sentenciosos.
Ojalá tuviera los cojones para escribir versos y que alguien los lea. Que incluso los aplauden, dulces serenatas como hilos de una telaraña casi invisible, su belleza tan frágil y tan engañosa.
Ojalá tuviera los cojones para dejar que la violencia brotara de mis puños sin reproche y no deber sofocarla, fingir que es pequeña y contenida en una sonrisa empática. Ojalá esa violencia fuera como un pitbull esperando a mi orden, no una que me arrastra por las aceras, despellejándo la piel de mis manos al intentar escapar, cada vez más demonia y cada vez menos mía. Ojalá mi violencia encuentre su lugar y se plante en ello con dos cojones.

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