Generación / generation

un blog para nosotros, por nosotros, sobre nosotros / a blog for us, by us, about us

*QUERIDXS LECTORXS: como sabéis, durante los últimos tres años, hemos utilizado otra plataforma para publicar las ediciones. para leer las antiguas ediciones, tenéis que dirigiros al antiguo blog.
DEAR READERS: As you know, for the past three years, we have been using a different platform to publish our editions. To read the old editions, please visit the old blog.

A más de un euro el minuto

Por: Ana Grundman

A veces la compañía solo evita el silencio exterior.

Llevas tiempo sin venir. 

Lo dijo de una manera muy dulce. Siempre ha sido muy simpática, es de esas psicólogas difíciles de encontrar. 

—Lo sé, perdona. 

No soy capaz de mirarla a los ojos. No es culpa; al fin y al cabo, son cuarenta y cinco minutos que pago a más de un euro el minuto. Es miedo. Si la miro, lo verá. Y sé que si lo ve, no me quedará otra opción más que ponerme a llorar.   

—No es un regaño, estás en todo tu derecho. Solo quiero saber si ha pasado algo, si hay  algo de lo que quieras hablar, si hay un motivo de tu desaparición, o un motivo de tu vuelta. 

Claro que hay cosas de las que quiero hablar, si no no habría vuelto. 

—No hay novedades, no hay motivo aparente para haberme ido ni para haber vuelto. 

Y no mentía. Mi madre me lo había preguntado más de una vez y nunca supe qué decir. No había una razón. Una parte de mí quería mejorar; la otra se había acostumbrado al dolor y ya no quería luchar. 

Una parte de mí sabía que volver era lo correcto. 

La otra llevaba semanas ganando.

—¿Quieres que hablemos de lo que pasó? 

Sé a qué se refiere. Todos saben por qué empecé a venir, pero nadie lo dice en voz alta. No sé si callan para no hacerme daño o porque lo ocurrido es tan patético que prefieren imaginar algo peor. A veces me pregunto si su preocupación es genuina… o si solo es lo que  creen que deben sentir. Quizás en el fondo solo ven debilidad. 

Este último pensamiento parecía gritar siempre que estaba a punto de pedir ayuda.

—Ayer volví al cine. 

—¿Qué viste? 

Nunca podré expresar lo mucho que agradezco que me deje llevar el hilo de la conversación, que no me fuerce a abrirme. En realidad, es la única razón por la que eventualmente lo hago. 

—No conseguí entrar, pero me quedé esperando. 

—¿Esperando a que?

—A ver las caras de la gente al salir. Quería saber si les había gustado. 

Me encanta el cine. Me produce felicidad ir a la sala, ha sido mi hobby favorito desde que mi padre me incluyó en el primer domingo de películas con el resto de mis hermanos.

Ahora tengo miedo de volver. 

Miedo a no sentir nada. 

Porque si eso ocurre, entonces sí me habré perdido del todo. 

Así que de vez en cuando cojo fuerzas y me subo al metro; incluso llegó hasta la puerta.

Pero también hay días en los que gana la parte de mí que prefiere llorar antes que arriesgarse a no reír. 

—¿Te pasa con más cosas? 

—¿El qué? 

—Pensar si los demás lo están pasando bien. 

—Sí. 

—¿Y te das cuenta de si lo estás pasando bien? 

—Antes sí. 

Creo

—¿Y ahora? 

—Ahora lo pienso más de lo que lo siento. 

—¿Cómo es eso? 

—Como si tuviera que deducirlo. 

Y casi siempre me equivoco. 

—¿Y qué sueles deducir? 

—Que debería estar mejor. 

—¿Y lo estás? 

—No.

Asiente. No escribe. No interrumpe. Solo espera. Una parte de mí quiere dejarlo ahí. Respuesta corta. Tema cerrado. Punto para ella. Veinte euros ya en el contador.

La otra parte de mí quiere hablar. Explicarlo hasta que por fin alguien lo pueda entender, que yo lo pueda entender.

—Que deberías estar mejor… ¿según quién? 

—Según… lo normal. 

—¿Y qué sería lo normal? 

Pregunta sencilla. 

Peligrosa.

Podría responder rápido y cerrar el tema. 

En cambio, me oigo construir una respuesta de eneatipo II. 

—No sé. Una persona que duerme bien, disfruta de las cosas, no analiza cada interacción social como si fuera un informe posterior. 

—Suena a una persona eficiente. 

Tardó un segundo en entenderlo. Me provoca una pequeña sonrisa. 

Ha entendido el tono. No lo corrige, no lo dramatiza. 

Me lo devuelve. 

—Sí, bueno. Muy optimizada para el consumo diario. 

Me gusta mi respuesta. Me hace sentir extrañamente bien. 

Me doy cuenta de que estoy hablando más de lo que tenía pensado… 

Hasta ahora había sido una guerra fría. 

Empieza a parecer un conflicto abierto. 

—¿Y qué clase de persona eres ahora mismo? 

Es un buen momento para abrirse. 

Es un buen momento para cerrarse. 

—Una persona más experimental, una prueba de ensayo-error. Sobre todo error.

Se queda en silencio, el primero en toda la sesión que se siente incómodo. 

El reloj detrás de ella hace un clic seco. Falta más de media sesión. Trece minutos. Diecisiete euros más. No tiene prisa. 

Quiere que me abra, quiere que continúe. 

No. Quiere que me vaya, está incómoda, sabe que no tengo ayuda. 

Sabe que solo me va a ayudar si me abro; me está esperando tranquilamente. 

No. Solo está alargando, porque cada minuto es un euro treinta y tres más. 

Habla. 

Continúa en silencio, mirando cada detalle, con el boli a punto de anotar mi siguiente frase. 

Calla

—No sé qué más decirte. 

—Puedes responder a mi primera pregunta. ¿Por qué has decidido volver?. 

Porque quiero estar mejor.

No. Sé que las personas están cansadas de escuchar gratuitamente. 

Porque quiero poder estar ahí para la boda dé mi hermano. 

No. Sé que en el fondo a nadie le importaría si no puedo estarlo. 

Porque extraño ir al cine. 

No. Sé que a las personas ya no les resul.. 

—¿Estás bien? Parece que te hubieras ido un momento. 

Te ha visto. 

Me ha notado. 

—Te la repito, ¿Cuál fue el motivo de volver? 

Sé que se me está corriendo el maquillaje. No me pasaba hace meses. 

La caja de pañuelos está medio vacía. No soy el primero. 

Funciona el negocio. 

¿Qué le digo?

Lo que quiere escuchar, lo que le deje tranquila.

Calla, calla, calla. 

… 

—Porque la otra parte aún no ha ganado. 

Hoy.

Deja un comentario

Descubre más desde Generación / generation

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo