Generación / generation

seis obras, cualquier formato, cada último domingo del mes / six pieces, any format, every last Sunday of the month

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Mi persona favorita tiene voz de cuento

Por: Natalia Lapido

También tiene tu voz.

Lo confieso: no sé nada de mitología. No me sé ni un mito y, si me apuras, dudo siquiera de poder dar una definición certera. Desde luego, no ha sido por falta de oportunidades, pero supongo que nunca tuve demasiado interés. Si impera el pasotismo y te atrapa el sofá con su habitual pereza, ni siquiera seríamos capaces de levantarnos y dejar que el aprendizaje entre cuando llame a tu puerta.

Por eso he de reconocer que, si bien mis encuentros con la mitología han sido escasos, no fueron nulos. Recuerdo con especial cariño las noches de verano en la playa cuando era pequeña: apenas descubriendo lo que podía ser la amistad con alguien del otro género, este futuro buen amigo me contaba historias de gigantes, cíclopes, engaños y el fuego, usando las constelaciones de apoyo bajo aquel cielo estrellado. 

—Mira, ahí está el cinturón de Orión. 

Y yo asentía, sin lograr encadenar más de dos estrellas en línea seguidas. 

Viéndolo en retrospectiva, pese a mi aparente desinterés, de aquellas noches sí aprendí dos cosas: que había una batalla acérrima por conquistar espacio en mi mente entre los conocimientos ya existentes en mi cabeza y los mitos que me relataba cada noche mi amigo (donde los mitos, derrotados, tan pronto entraban por un oído salían por el contrario); y que, en el fondo, me daba completamente igual qué narrara porque durante ese tiempo que él hablaba, solo existían los gigantes, los cíclopes, las sirenas, los dioses, el fuego, él, yo, el cielo y la playa. Durante ese tiempo, todos ocupábamos nuestro papel, formábamos parte de algo e, ilusoriamente, todo cobraba un sentido. 

—Y eso es Venus. 

De repente, ya no éramos solo dos niños pasando el verano que no saben bien lo que es la vida, el amor, la amistad o la muerte; éramos parte de un mundo al cual además, él me estaba invitando a entrar. Era algo tan sencillo y humano como él haciendo de narrador y yo de oyente. Él diciéndome “ven, puedes vivir aquí por un rato” y yo agradeciendo su hospitalidad acompañándolo dentro de su historia. 

De repente, no existía sola. 

Byung-Chul Han escribía: “En los tiempos en los que las narraciones nos acomodaban en el ser, es decir, cuando ellas nos asignaban un lugar en el mundo y hacían que estar en el mundo fuera para nosotros como estar en casa” (La crisis de la narración, 2014).

Yo hace tiempo que me fui de casa y en ocasiones me encuentro queriendo volver a ella. Pero ni mi casa es ya mi casa, ni tú eres tú, ni yo soy ya yo. Desaparecido aquello que me brindaba sostén, me encuentro desamparada, buscando desesperadamente algún tipo de orientación. Orientación que me devuelva a esa playa. Algunas noches miro al cielo y hago esfuerzos por recordar que ahí está el cinturón de Orión, aunque yo siga siendo incapaz de encadenar más de dos estrellas seguidas y que, aunque pudiera, la contaminación lumínica de esta ciudad se encargaría de que esa constelación no sea para mí otra cosa que algo a imaginar. Como a las estrellas, la ciudad me nubla hasta saberme aislada. 

Hace unas semanas estaba en la sala de espera de urgencias con mi madre y he aquí otra confesión: tenía miedo. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué iba a pasar. Y ante la falta de un final, me sorprendí a mí misma preguntándole si sabía alguna historia. Lo que yo anhelaba y no supe expresar de otra manera era un abrazo, un refugio. Un volver a esa playa. No sé qué esperaba que me narrara, nuevamente me daba igual. Creo que ella lo sabía, porque dijo que no sabía ningún cuento y se echó a llorar. Ninguna estábamos en casa, pero tampoco solas. 

No espero encontrar en las historias el sentido del mundo, pero sí les pido uno algo más familiar. Tendré miedo, me sentiré sola y muchas veces todo me será incierto. Pero sé que, si hay alguna manera de protegernos de esto, es acompañarnos con un “ven, que te cuento un cuento.”

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