Por: Alejandro R. Padín

Fueron innumerables las teorías acerca de la desaparición de Ángel. No diría que el hecho alterase demasiado la vida de nadie; tampoco conviene exagerar la influencia que uno tiene sobre el mundo. Pero es cierto que el misterio alimentó conversaciones durante semanas. Algunos aseguraban que había empezado una nueva vida en otro país, aunque ninguno coincidía en cuál — Italia. Francia. Portugal. Japón aparecía con frecuencia, quizá porque cualquier lugar suficientemente lejano sirve para imaginar una fuga. Pero dudo que Ángel hubiera resistido más de un par de horas en un país cuyo modelo de conducta parece ser un ninja mágico que corre como con escoliosis.
Las hipótesis menos optimistas eran también las más previsibles: suicidio o asesinato. Tampoco me las creo. El suicidio exigía valor, uno del que Ángel jamás había dado muestras. El asesinato, en cambio, requería un interés por su existencia que no parecía despertar en nadie.
Lo único seguro es que, de un día para otro, desapareció sin dejar rastro.
Ángel no atravesaba precisamente su mejor época. Bastaba con echar un vistazo a la peculiar distribución de los elementos de su piso para darse cuenta. La ropa sucia — aunque en su defensa diré no maloliente — se había extendido por el suelo hasta convertirse en una especie de alfombra de lo más singular. Una columna de libros sin leer hacía las veces de mesita de noche, mientras que la auténtica mesita de noche había concluido su metamorfósis en un zapatero. Dos cuadros habían abandonado la pared después de perder una discusión con la gravedad y, por alguna razón, Ángel aceptó aquella decisión como si perteneciera al orden natural de las cosas. Nunca volvió a colgarlos. La almohada revelaba, además, que dormía al revés, con los pies hacía la cabecera. ¿Qué clase de persona duerme al revés?
Sospecho que nunca llegaremos a saber qué ocurrió realmente con Ángel. Yo, desde luego, no puedo invocar ninguna verdad definitiva. Pero cuento con mi propia teoría, una hipótesis a la que terminé entregándome más por necesidad que por convicción. Una que, pese a que jamás deje de pertenecer al resbaladizo terreno de las conjeturas, pienso defender hasta que la costumbre la convierta en certeza.
Aquella mañana el calor confundía la ciudad con el interior de una cordillera volcánica. Los más afortunados escapaban hacia la costa; otros sobrevivían refugiados en piscinas; los más inadaptados al juego occidental se conformaban con el aire acondicionado de los supermercados. Ángel, por otro lado, resistía las noches gracias a un pequeño ventilador de tres velocidades. Esa mañana, sin embargo, amaneció antes de que sonara la alarma, completamente bañado en sudor. Durante la noche, el ventilador había decidido unirse al resto de objetos del apartamento y ascender de electrodoméstico a pieza decorativa. Su traición era un problema más del que ocuparse. No tardaría en descubrir que no sería el más grave al que se enfrentaría aquel día.
No supo si era por el cansancio o porque el calor había incrementado la gravedad hasta acercarla a la de Júpiter, pero al abrir los ojos descubrió que el izquierdo no respondía. Pestañeó un par de veces, pero aún no lograba ver nada por ese lado. Al principio no le dio demasiada importancia. Pensó que dormir un poco más bastaría para devolver el mundo a su sitio, pero resultaba imposible conciliar el sueño sumergido en una piscina de sudor.
Se levantó como a cámara lenta y, sin que su ojo izquierdo respondiera todavía, fue hasta el baño. Su arquitectura facial nunca habría protagonizado un anuncio de perfumes, pero jamás se había asustado tanto frente a un espejo. No podía abrir el ojo izquierdo, porque ya no estaba.
Después de la taquicardia inicial pensó lo único razonable: seguía soñando. Era imposible que un ojo desapareciera sin previo aviso, sin dejar siquiera una nota de despedida. Se pellizcó un brazo, luego el otro. Seguidamente, un par de bofetadas. Lo único que consiguió fue empezar el día con varias autolesiones. No, no era un sueño, y cuanto antes lo aceptase mejor. ¿Debería pedir ayuda? ¿Llamar a alguien? La única persona en la que confió ya no estaba, ¿a quién iba a poder contárselo? ¿A ese compañero del colegio al que no veía desde que la tercera guerra mundial todavía pertenecía al género de la ciencia ficción? -—Hola, ¿menuda tensión hay en el mundo, no?, creo que vamos camino de la tercera guerra mundial, por cierto, mi ojo izquierdo ha desaparecido ¿me ayudas? —-.
La alarma del móvil interrumpió sus pensamientos. Su desgracia particular no figuraba entre las variables determinantes de la rotación del planeta. O lo que es lo mismo, el mundo no iba a dejar de girar por él. Si quería seguir perteneciendo al plano terrenal, no podía faltar al trabajo. Recordó entonces a los piratas. Si ellos habían conquistado medio mundo con un solo ojo, él podría sobrevivir a una jornada de oficina.
Con algo de ropa sucia —aunque en su defensa diré no maloliente— salió de su pequeño búnker, listo para afrontar su paseo matutino hacia la oficina. Al salir a la calle, el fuego que había por el aire intentó noquearlo. Sus movimientos pesaban, y la exposición al calor hacía que cada vez pesaran más. —-Los piratas lo tenían más fácil—- pensó—- Ellos al menos tenían mar—-. Escapar de la ola de calor se había convertido en un imposible, pero al menos intentaría surfearla: tenía cascos y una playlist de confort para distraerse.
Intentó sacar sus auriculares del bolsillo. Falló.
Lo intentó otra vez. Volvió a fallar.
Frunció el ceño y entonces comprendió el motivo: ya no tenía pulgar.
La vida le acababa de recordar dos cosas: la primera, que los problemas nunca llegan solos; y la segunda, que siempre se puede ir a peor. El ojo había sido un accidente. El pulgar empezaba a parecer un procedimiento.
En esta ocasión el shock fue mayor. Tuvo la suerte — si es que la palabra puede utilizarse aquí — de encontrarse bajo la sombra de un árbol, uno que sin dejar de contemplar la escena, parecía indiferente a la tragedia que Ángel estaba viviendo. Cuando se quiso dar cuenta su mano derecha había desaparecido completamente.
Empezó a sentirse como un dibujo hecho a lápiz. No uno especialmente bueno. Más bien uno de esos bocetos que el dibujante va borrando poco a poco mientras decide si merece la pena empezar desde cero.
Reconstruyó mentalmente sus días anteriores en busca de alguna pista, de algún pequeño gesto que hubiese atentado contra su rutina. No encontró nada. Sus días anteriores habían transcurrido con total normalidad. Cualquier mínimo intento de cambio habría requerido de una fuerza de voluntad que no tenía, así que como siempre, se había limitado a obedecer el esquema de su realidad. Asumiendo el desorden, el calor, las obligaciones y, por qué no, también su tristeza.
Alrededor no había nadie que pudiese ayudarle. Aquello tampoco le sorprendió demasiado. Los demás estarían junto al mar o escondidos en sus piscinas. Sólo alguien como Ángel caminaba por la ciudad con semejante temperatura. Una gota de sudor estuvo a punto de entrar en el único ojo que le quedaba y lo obligó a reaccionar. Vale, no sabía qué le estaba ocurriendo, pero tenía claro que, si llamaba a su jefe para decirle que estaba desapareciendo, no le creería. Tendría que llegar hasta la oficina. Sólo allí podría demostrarlo. Tragó saliva y se puso en marcha.
El plomo de la atmósfera era proporcional a la velocidad de sus pasos.
—-Uno, dos, tres, cuatro…. —-. Para no pensar en lo que le estaba ocurriendo contaba mentalmente cada uno de ellos.
—-Siete, ocho, nueve, diez… —-. De poco sirvió. A medida que aumentaban las cifras, aumentaba también la desesperación, el peso.
—-Dieciséis, diecisiete, dieciocho… —-. Con el ojo que le quedaba, miraba como se alejaba el final de la calle.
—-Veinticinco, veintiséis, veintisiete —-. Ahí terminó el recuento. Su pierna izquierda acababa de desaparecer.
Cualquiera habría abandonado. Pero quienes conocieron a Ángel saben lo cabezota que podía llegar a ser. Y así, como pudo, empezó a arrastrarse por el suelo. Un suelo que ardía como si fuese la superficie de Venus. El calor evaporaba al instante el rastro de sudor que dejaba tras de sí. Juraría que sintió un par de buitres dibujando círculos en el cielo, con la paciencia de quien sabe que toda carroña acaba por rendirse al tiempo. La sombra proyectada sobre el suelo iba delatando el borrado progresivo de su cuerpo.
Desaparecieron los hombros. Luego el brazo. Después la otra pierna. Más tarde la boca. Finalmente, el ojo derecho. Y con él desapareció Ángel. Sólo quedó su ropa sucia —aunque en su defensa diré no maloliente— abandonada sobre el asfalto.
Se acabó.
Silencio.
Vacío.
Nada.
Después, una pulsación.
Luz.
Unos átomos comenzaron a vibrar con una precisión inexplicable.
Primero apareció una mano. Luego un brazo. Una espalda. Dos rodillas. La vibración continuó hasta levantar un cuerpo entero. Era un cuerpo desconocido y, al mismo tiempo, familiar.
Había perdido todo, pero a su vez, también parecía haberse desprendido de un peso mayúsculo. Uno que llevaba demasiado tiempo confundiéndose con su propia identidad. Como si el dibujante responsable de su borrado hubiera decidido concederle, por fin, una hoja en blanco de posibilidades infinitas.
Ignoro qué fue de él después del suceso. Solo sé que dejó de ser Ángel y que quienquiera que sea hoy, comenzó a existir aquella mañana de verano, cuando dejó de ser un simple boceto.
*
Para tí, mamá. Porque tu metamorfósis inspire a los demás tanto como me inspira a mí.

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