Por: Luis Javier Capote Pérez

Como lector de tebeos, jugador de videojuegos y, en general, aficionado a buena parte de las obras de la cultura popular, estoy acostumbrado al continuará. Mis personajes favoritos han vivido durante décadas en el esquema de un serial en el que el espectáculo debe continuar. De hecho, hace casi dos años publiqué por aquí La próxima semana en el mismo Bat-Canal, en el que expresaba mi opinión sobre el hecho de que mientras el negocio aguantara, siempre habría una historia más para personajes que, en un momento determinado de su trayectoria, dejaron de evolucionar, o lo han hecho por razones más comerciales que creativas.
Spider-Man vive instalado en un intervalo entre veintimuchos y treinta y pocos años. En un momento de sus veinticinco primeros años de historia contrajo matrimonio y hasta estuvo a punto de experimentar la paternidad. Lo segundo fue rápidamente abortado -metafóricamente hablando- en un giro particularmente absurdo; lo primero fue deshecho en un giro demoníaco -literalmente hablando- que devolvió al pobre Peter Parker de una patada a sus días de paria social eternamente velado por la también eterna e indestructible tía May. En un momento determinado, la cualidad que había hecho del Trepamuros un personaje popular, como era la de que crecía con su público, había sido sustituida por una versión editorialmente chapucera de la obra de Enrique Jardiel Poncela, Cuatro corazones con freno y marcha atrás. Como dice un buen amigo, también lector de tebeos, hace tiempo que al pobre Parker deberían darle un descanso.
En otros casos, los personajes no evolucionan porque así lo decide su creador, sentando las bases desde un principio. Así, Nero Wolfe, el detective montenegrino-estadounidense creado por Rex Stout, así como sus subordinados, aliados y oponentes, permanecen siempre con la misma edad, aunque el mundo en el que el orondo investigador aficionado a las orquídeas vaya cambiando. Aquí, hay una elección consciente de que el punto central de las historias sean los crímenes y misterios para resolver, dejando a un lado los aspectos relacionados con la evolución de los personajes.
Teniendo conciencia de que las seguridades de la vida son la muerte y los impuestos (esto último no para todo el mundo) hay quienes han preparado el final. Por ejemplo, la gran dama del misterio literario, Agatha Christie, preparó con tiempo Telón, el relato final de las aventuras de Hércules Poirot, el investigador belga que usaba las células grises para resolver misterios. Hablando de detectives detestados por sus creadores, Sir Arthur Conan Doyle quiso acabar con la vida (ejem) de Sherlock Holmes, arrojándole por las cataratas de Reichenbach junto a su improvisada némesis, el despiadado James Moriarty. El escritor escocés quería dedicarse a la novela histórica y, a su pesar, ha pasado a la posteridad por crear al arquetipo detectivesco por antonomasia. Las presiones para que Holmes volviera de entre los muertos fueron desde su propia madre hasta la reina Victoria y Sherlock retornó a Baker Street junto a su amigo el doctor James Watson. A regañadientes, sí, pero todavía bajo el control del autor y, en todo caso, cuando el personaje pasó a dominio público se abrió la veda para la resolución de nuevos crímenes en el papel, el filme o el píxel.
Una cuestión bien distinta se plantea cuando quienes crearon personajes historias pasan a mejor vida y los derechos de explotación de sus obras pasan a manos de otras personas, las cuales carecen del íntimo vínculo que une a autores y obras y se prestan a la posibilidad de que, como el Cid ganaba batallas después de muerto, las creaciones no solamente sobrevivan a sus hacedores, sino que, además, se reproduzcan. Hay quienes dejan establecido que no les importa que siga habiendo «vida» más allá de su deceso. Francisco Ibáñez, creador de dos iconos del tebeo español como son Mortadelo y Filemón, manifestó en alguna entrevista que no le importaría que sus personajes continuaran tras muerte (la cual acontecería en 2023). Por el contrario, Georges Remi «Hergé» padre artístico de Tintín, se negó a esa posibilidad, declarando que aquel reportero belga que nunca había firmado columna, crónica o reportaje alguno era él y que moriría con él. Sin embargo, los titulares de los derechos económicos sobre la obra de Remi -su viuda, la mercantil Tintinimaginatio y la fundación Hergé- han anunciado que para 2052 habrá un nuevo álbum de Tintín. ¿La razón? Intentar que esa parte de su obra pase a ser dominio público y quede disponible para el uso general. Como dijo Imhotep en La momia, la muerte no es el final.
Así, la negación de la conclusión fijada testamentariamente por el autor original se justifica -es un decir- con el deseo de seguir explotando en exclusiva unas creaciones que se han controlado de forma férrea e inmisericorde, cuestionando incluso usos que, conforme a la normativa aplicable, son legítimos. No es un caso excepcional, pues en marzo de 2024 vio la luz En agosto nos vemos, la novela póstuma del escritor colombiano Gabriel García Márquez, fallecido diez años antes. La obra estaba inconclusa y el autor había considerado que el manuscrito no tenía valor, por lo que debía destruirse. Sin embargo, sus herederos no cumplieron con este deseo y decidieron que viera la luz, justificándose en la intención de homenajear el legado de un escritor de su renombre. Por alguna razón, muy posiblemente relacionada por el hecho de que, como jurista, he visto que las expresiones de ideales elevados esconden demasiadas veces realidades más interesadas. ¿Quién podría sustraerse al negocio de publicar la obra postrera de un Nobel? Sea como fuere, el final querido por García Márquez no fue respetado y su legado tiene un indeseado epílogo.
El asunto se vuelve todavía más inquietante cuando asistimos a las noticias de que una aplicación generativa -mal llamadas inteligencias artificiales porque no piensan por sí mismas ni tienen libre albedrío- ha concluido obras cuyos autores tenían por terminar cuando la Parca tocó a su puerta. Así, la Sinfonía inacabada n.º 8 de Franz Schubert o la Décima Sinfonía de Ludwig van Beethoven fueron objeto de tratamiento y estudio para concluir, en 2019 y 2021 respectivamente, con una versión en la que, con el concurso de las generativas, había un final. Un ejercicio interesante para determinar los límites del momento de los algoritmos, pero con la advertencia de que los resultados no pueden ser considerados o atribuibles a Schubert o Beethoven. Quienes, siendo especialistas en musicología, han escuchado estas obras, consideran que podrían pasar perfectamente por originales (y estamos hablando del estado del arte hace siete años) pero no lo son. Aquí, el deseo de conclusión mueve al uso de unas herramientas que, hasta no hace mucho, se consideraban parte de la ciencia-ficción (con más de lo segundo que de lo primero).
Hace unos días, George R. R Martin cumplió setenta y ocho años. Todos los domingos y fiestas de guardar le preguntan si podrá terminar su saga literaria Canción de hielo y fuego. La quinta novela salió hace casi quince años y no hay previsiones para que llegue la sexta a corto o medio plazo. Preguntado acerca de la posibilidad de que la historia termine tras su muerte, contestó que él no concebía aberraciones como Scarlett, en referencia al hecho de que el Margaret Mitchell Estate, guardián de la obra de la escritora, hubiera contratado a Alexandra Ripley para hacer una secuela de Lo que el viento se llevó. En esta monumental novela que marca el crepúsculo del Sur, el final queda lo bastante abierto como para que cada cual imagine lo que quiera. Martin abomina de este tipo de libros mas yo no apostaría en su favor, si tuviera que confiar en que su mandamiento sea respetado por quienes reciban la gestión de su legado.

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