Generación / generation

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¿Y si la disculpa fuese una figura barthesiana más?

En la imagen se muestran varias figuras de las que Barthes trata en Fragmentos de un discurso amoroso (1977). Ilustraciones provenientes de un taller de dibujo con tinta de la escuela efímera L’École de Papier.

Mi colaboración en Generación para esta edición dista de todo aquello que he podido hacer anteriormente: quiero intentar replicar un capítulo de Fragmentos de un discurso amoroso (1977) del crítico francés Roland Barthes. Este libro de filosofía nos lleva persiguiendo tanto a Maggie como a mí desde hace medio año. Ninguna de las dos nos habíamos atrevido a dar el paso de embaucarnos en sus páginas, ya fuese por la complejidad del texto o por su carácter innovador a la hora de hablar de un tema tan mundano como olvidado por las ramas científicas. Este mes, ambas hemos tomado prestado el libro de nuestras respectivas bibliotecas municipales, y me está fascinando. Me he reído. Me he sentido vulnerable. Me sorprende constatar cómo la experiencia amorosa parece ser universal. Por ejemplo, toda persona se ha entristecido al comprobar como ese Otro, una vez que deja de ser amado, parece comportarse de modos que avergüenzan – aquellos chistes que antes parecían tan graciosos ahora son vulgares y carecen de sentido –; y al revés, como puede ser generalizable el sentir exasperación al intentar describir qué es lo que te parece adorable del Otro, esto es, como las palabras parecen no alcanzar a la emocionalidad que se experimenta al pensar en la persona amada – la bondad, la belleza o la inteligencia no parecen ser adjetivos que responden en su totalidad la pregunta de ¿qué te gusta del Otro? –.

“La disculpa” será la figura que tome para este ejercicio. Barthes describe las figuras como aquellos retazos que se encuentran en el discurso amoroso sin orden, jerarquías o lógicas que se fundamentan a medida que la experiencia en primera persona del sujeto amoroso se va conformando o, también es posible, por lo que se observa, se escucha e incluso se consume como producto amoroso. Estas ideas aleatorias no consisten en una teorización perfecta sobre el amor; es más, como hace el propio amor, vagan, erran, aparecen y desaparecen en el hilo del pensamiento del sujeto amoroso. Su principal función, más que describir una realidad, es que quien aquí se encuentre otorgue mediante la inocencia de su imaginario una lectura personal y única: “Lo propio de una tópica es ser un poco vacía: una tópica es, por estatuto, a medias codificada y a medias proyectiva” (Barthes en el apartado “Cómo está hecho este libro”). Lo dicho aquí sobre la disculpa, por lo tanto, no es más que un complemento ofrecido a la persona lectora si, en caso exitoso, se siente apelada y comprendida. Es, pues, una persona enamorada la que habla y dice:

La necesidad de aportar una nueva figura a la obra de Barthes se sustenta en la consideración siguiente: “el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad” (Barthes en “Introducción” de Fragmentos de un discurso amoroso). Miles de personas hablan dicho lenguaje, experimentan tales sensaciones y discuten sobre la intensidad o la durabilidad de las mismas; sin embargo, no se encuentra sostenido por el romanticismo que le es propio. Devolver la pasión y la ternura a un discurso amoroso que actualmente parece verse vertebrado por el individualismo y el miedo a una conexión genuina con el Otro pasa por reconocer pasajes incómodos y desagradables sobre los que una misma  — como mujer, como amante y como feminista — detesta vislumbrar contra un espejo. El relato de todo aquello que deseamos ocultar, esto es, la vulnerabilidad o la dependencia a la persona amada, parece más liviano al mostrarse como experiencia compartida. La fragilidad debe tener cabida en los brazos del Otro.

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