Generación / generation

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Perdida, peligras

Susana Blake

¿Es un peligro perderse?

Empecé esta semana perdiendo la cartera. En realidad, esa es una forma de decirlo, una que tuve que adoptar viviendo aquí, en España. En Colombia diríamos «boté la cartera», algo más cercano a tirar, que sugiere una intencionalidad sospechosa, pues quién tiraría su cartera, mientras que «perdí» deja algo que decir sobre alguna inocencia, un perder verdadero. Pero hay otro problema con la palabra perder, y es que no se opone aquí exactamente a ganar. Cuando la recuperé, no podría haber dicho que la había ganado. ¿Qué es ganar, qué es perder? ¿Qué pierde uno, qué puede perder, y qué de lo que pierde se recupera? Es un misterio. Pero uno pierde y echa a perder y se pierde, y este es el peligro de estar vivos. 

Las cosas se desgastan microscópicamente, invisiblemente, al tacto. Solo asirlas, tenerlas, cargarlas –y entonces incluso cuidarlas– es una manera de echarlas a perder. En verano recogí melocotones, y solo eso, quitarlos de la rama, ya era comenzar a dañarlos. Pero si se dejaran en la rama, eventualmente se llenarían de agua, se pudrirían, y su peso les vencería: se dañarían definitivamente, lanzándose al suelo. Uno también se desgasta al tacto. Va perdiendo la huella. Va oxidando el oxígeno.

Perder cosas me parece, después de angustioso, interesantísimo, sobre todo porque uno suele perder siempre lo más cercano, lo más propio, lo que más usa, que es prueba de que sí hay algo de acierto en la idea de botar las cosas, de tirarlas o echarlas a perder, más que de inocentemente perderlas. Cuando se me pierde algo me obsesiona pensar que ese objeto sigue existiendo en el mundo, en un lugar casi siempre conocido, o al menos recorrido, que aunque me sería físicamente accesible, me está realmente vedado, porque no puedo recordarlo, porque no puedo descifrar su ubicación y así no puedo más que quedarme fuera de él. A veces ese afuera en el que me quedo es simplemente fuera de mi propio bolso, o de mi propio cajón más íntimo. A veces me quedo fuera de la calle, y entonces la calle abierta e indeterminada es un adentro en el que otras cosas se preservan, allí están guardadas, y guardadas permanecen también de mí. 

Ya nadie diría que se pierde. Todos tenemos ya nuestros apéndices de ubicación, y en cualquier momento, en casi cualquier sitio, puede uno saber fácilmente en qué calle está y cómo llegar a otra, y a otra. Pero uno todavía pierde y echa a perder y se pierde, y de este peligro, que es el de estar vivos, perdimos la atención y andamos ya como perdidos de él, creyéndonos ubicados en un mundo de cuyas coordenadas carecemos, por más que nos las devuelva nuestra propia pantalla personal.

He dado demasiadas vueltas. Me he perdido. Perderse es y no es un peligro. Es y no es una puerta que siempre está abierta: por ella se puede entrar en una estancia y descubrirla, quizá protegerse, pero por ella puede entrar y abrirse paso la fatalidad. Podemos renegar de habernos perdido, y podemos luego dar las gracias por el camino insospechado que se nos abrió tras perder el norte. Pero tampoco se puede evitar perderse. Es tan tonto como intentar decirle a alguien que ha perdido las llaves que tenga más cuidado. Ya lo sabe, y más cuidado no pudo tener. 

He pensado esta tarde que podría pasar 24 años, los mismos que tengo, volviendo por los sitios en los que he estado, como si buscara lo que se me ha perdido, pero como en realidad nada se puede recuperar, y todo es atrapar vientos, y el tiempo solo puede perderse, devolverme me haría vieja en vez de joven, y llegaría al punto de partida sin haber ganado nada. Nada más que la mirada, lo visto y lo oído. Pero la memoria, como funciona la nuestra, no es más que otro de los mecanismos de nuestra pérdida. 

¿Es un peligro perderse? Sería como decir que es un peligro morirse. Yo recuperé mi cartera. Nadie me robó nada, pero el intervalo entre tenerla, no tenerla y volverla a tener, ese tiempo en el que no la hallaba, en el que pudo haber estado en cualquier casa, en las manos de cualquiera, es extraño, me es extraño y está perdido. En cada sitio donde he estado he perdido alguna cosa. Hay cosas perdidas mías por el mundo como migajas de un camino de vuelta que no podría emprender nunca. Una cartera que perdí en el autobús cuando empezaba la universidad. Un anillo que desapareció del primer apartamento que compartí, perdida, con tres desconocidas. Un amor perdido, sus ojos castaños, desperdiciados. Una bufanda púrpura y dorada traída de muy lejos, perdida en un estadio donde fui a ver el circo. El tope de un arete que perdí hace meses en mi propia casa, que aún no aparece. Mis memorias. Las memorias de mi abuela. La voz que tuve, que hablaba antes.

«¿Puso la denuncia?» No.

Claro que no, quise decirle al policía. 

La química del mundo es que se pierdan las cosas. Encontrar o retener cualquier cosa es un milagro. El aire se nos pierde. El agua se nos pierde. Todo se nos escapa. Lo echamos a perder, lo perdemos, nos perdimos.

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