Generación / generation

un blog para nosotros, por nosotros, sobre nosotros / a blog for us, by us, about us

*QUERIDXS LECTORXS: como sabéis, durante los últimos tres años, hemos utilizado otra plataforma para publicar las ediciones. para leer las antiguas ediciones, tenéis que dirigiros al antiguo blog.
DEAR READERS: As you know, for the past three years, we have been using a different platform to publish our editions. To read the old editions, please visit the old blog.

En tus sueños no me cambies: apuestas en el amor

Diana Cristina Vargas Quintero

   Ilustración: “Toxic love”, de Giulia Rosa

Casos inspirados en canciones de la orquesta Grupo Niche.

¿Qué de enamorarse no es peligroso? El fogonazo en las mejillas, las cosquillas en el pubis, sentir que una está naciendo, abriendo los ojos al mundo. Descubrirlo todo y descubrirse es excitante, pero nadie habla de que eso debe ser pagado con el peso de la enfermedad, de la adicción, de soltarse de la mano de Dios. Enamorarse es morirse en el Otro, es la vulnerabilidad máxima. “Confío en que él me ama y me dejo ser, lo doy todo, le creo todo”.

Enamorarse es como ir sin Internet, sin plata, sin conocer el transporte público y sin saber llegar a ninguna parte. Es salir a la calle en invierno sin chaqueta ni paraguas, irse por el camino oscuro y laberíntico, sin señal, sin batería y sin gafas. Es como recibir un llamado inevitable a lo irrazonable. Luego está que el enamoramiento puede salir mal, no ser correspondido, ser correspondido a medias, ser imposible, ser doloroso, ser poco práctico, tener muchos peros, lastimar….

  1. Sobre el peligro de amar a alguien que sigue herido 

Javier le ruega a Marina que no le niegue la vida, que no le dé la espalda, que él quiere ser feliz, que quiere sonreír. 

A ella le gusta Javier, le encanta. Le gusta cómo sonríe y ese gesto tierno que hace cuando levanta sus cejitas despobladas para decir casi todo lo que dice, hasta para rogar. En contra de su voluntad, a ella le gusta su olor a macho que sabes que te va a mandar a terapia, como a colonia amaderada con un poquito de sudor. Le recuerda a los donjuanes de la universidad, esos que salían con las mujeres más mamacitas y que solo se fijaban en ella para pedirle copia en las tareas. Cada vez que lo tiene enfrente con esa sonrisa de sufrido, ella siente que se ahoga, como cuando un buzo se quita antes de tiempo la boquilla de oxígeno y, en la superficie, los pulmones se le chupan como dos ciruelas deshidratadas. 

No es claro por qué él, que podría tenerlo todo de ella o de cualquier mujer criada en una sociedad machista, está suplicándole con tal vulnerabilidad que no lo lastime, y, además, exigiéndole “el anillo y la llave del castillo”. Es más que nada desconcertante. Es pasar de no haberse imaginado tener un pretendiente tan buenmozo a verlo suplicando por un amor de comedia romántica como un dependiente emocional. ¿Qué es esto? ¿Un chiste? ¿Love bombing?. ¿Qué hacer? ¿Correr despavorida? ¿Seguirle la corriente y no enamorarse por si es una trampa? ¿Y si es verdad? ¿Y si solo lo quiere todo de ella y que ella le corresponda? 

Él le cuenta que en el pasado fue engañado y que todo lo entregó, que a otra todo se lo dio y que no supo por qué se fue, que solo pensó en hacerla feliz, que nunca imaginó de lo que era capaz y que ciego se quedó. ¡Bingo! Eso es lo que lo tiene así… vivió un desamor. Pero y, ¿quién no? Esto me despierta una nueva alerta: Javier cree que las mujeres son malas y por eso hace tantas advertencias. Aunque ahora está pidiendo ser amado, lo que en realidad quiere, tal vez inconscientemente, es demostrar que Marina es igual a las demás, para poder vengar su desamor. También le pide: “no hagas llagas mis heridas”. Marina siente mucha compasión por Javier, e incluso ganas de arreglar lo que no dañó, como cuando una saca un muñeco viejo de la basura, lo lava y lo remienda para devolverle alguna dignidad. Lo que ella no sabe es que ninguno de sus esfuerzos será suficiente.

Todo lo que hace Javier apunta a enamorarla sin remedio… Está logrando que Marina se vea en la obligación de aceptar sus propuestas, pues ella cree que nunca un hombre tan deseable volverá a querer tanto con ella: un amor tan asquerosamente anhelado desde niña. Si Marina entra, no tendrá cómo salir ilesa.

Toda la vida le han enseñado que toda mujer anhela a un hombre que quiera todo de ella y poseerla por completo. Ese es el amor para las mujeres, una maldición, tú y yo vemos el peligro que se avecina, pero ella no puede darse el lujo de no acceder a todo lo que él le pide. Uno de los caminos posibles será que la manipule con su pasado sufrimiento hasta dejarla sin energía, y otro, que después de enamorarla hasta la médula, la abandone. 

Y eso que se conocieron hace una semana. 

  1. Sobre el peligro de un amor prohibido

Un amor puede ser prohibido por varias razones. Hablemos de tres casos: alguien que ya tiene pareja ama a alguien que también tiene pareja; alguien que ya tiene pareja ve en otro el reflejo de su ser amado y no puede evitar amarlo; alguien sigue amando en silencio a un amor del pasado. Los casos se pueden convertir en uno solo.

Tanto Charlie como su amante Carolina tienen dueño. Charlie y Carolina son compañeros de trabajo, entonces su amor es secreto en sus casas y en la oficina. ¿Dónde se da rienda suelta a este romance? En lugares secretos: debajo de la mesa de la cafetería, en trayectos hacia reuniones, a la hora del almuerzo en días laborables, en el minuto del cigarrillo, en el beso diario de saludo y despedida, en la espera del transporte público y en las miradas en plenas reuniones de equipo. En esos minutos posibles, el tiempo se ignora y se relativiza. Carolina pone a flote su talento actoral para que nadie sospeche que ama a Charlie y despista a sus compañeras hablando mal de él, denigrando sobre su mal gusto al vestir y su mediocridad profesional. Él le da el tupper del almuerzo que su esposa le empaca y le promete que cuando puedan estar juntos al fin, le cocinará esa y otras recetas.

Si alguien de la oficina sospecha, ellos se sonrojan. Si alguien de sus familias se entera, siempre será Carolina la arruinada, pues su esposo no permitiría ser burlado y la echaría quedándose con todo, incluidos sus hijos.  Si la descubridora fuera la esposa de Charlie, esta se las vería con la “buscona” y luego emprendería la lucha por su hogar y trataría de recuperar a su marido. 

En sus adentros, Charlie se justifica: “¿quién no se moja los labios con otros que sepan a miel?, ¿quién no cae en el deseo y termina siendo infiel?” Lo recuerda todo en silencio y en su lecho matrimonial se siente como un extraño, pero si su esposa lo atrapara, Charlie se imagina que estaría listo para explicarle que fue el gran parecido con la otra lo que lo llevó a sucumbir. Como una mala pasada del destino, ella también se llamaba Carolina, llevaba su misma prisa cuando caminaba y hasta su sonrisa le pareció igual. Él sintió el miedo y el peso de querer volver a enamorarse. Luego, le preguntaría, como poniéndola a prueba, que si en su lugar no habría dicho una mentira por conservar su matrimonio, o si habría inventado una historieta por evitarle un dolor. 

Al final, Charlie sería capaz de decirle a su esposa que la otra mujer no era más que una proyección que él veía de ella en el pasado, una añoranza de su juventud y del inicio de su historia de amor, cuando sentía que podía hacerla feliz. Luego, en silencio, seguiría luchando por disimular ante su esposa y los de la oficina que su matrimonio lo hace feliz y que el recuerdo de Carolina (que se quedó sin trabajo) no le hace daño.

  1. Sobre el peligro de arruinar un amor platónico 

El inicio de cualquier enamoramiento conlleva delirio, promesa, sentido, la creencia de que todo se puede lograr y de que todo se puede cumplir. Es un pajarito veloz que no se deja atrapar, y que si es alcanzado será de manera momentánea, porque si no ocurre así, precisamente se arruina. Si deja de huir, pierde la chispa y se desvanece la idea, viene el choque con la realidad. Pocas cosas hay tan dolorosas como un amor que deja de ser platónico. Al humanizarse se consume y se vulgariza. El amor más deseado es aquel que nunca ocurre.

Tito estaba viviendo un sueño, era el único dueño del amor. Bastó una mirada para que su cuerpo respondiera. En su mente, tocó su mano y vio el cielo. ¿Pero qué es el cielo? Ella tenía que irse, pero prometía (en la mente de Tito) volver. La ausencia del ser amado es la condición necesaria y suficiente para construir la perfección del Otro; el problema se da en la atrocidad de descubrir que ese Otro no es eso que creamos. Bien dice Simon Weil que ni siquiera la muerte es tan atroz, pues la muerte no impide al amado haber existido –pero nuestras ideas del amado, sí. 

Lo amores más vívidos en la literatura, el cine o las historias que andan por ahí son aquellos que no llegan a cumplirse porque algo se interpone, el tiempo, la distancia, las circunstancias de la historia. Esto en realidad salva al amor. Y era precisamente eso lo que alimentaba el amor de Tito: el permanecer en una espera constante.

  1. El peligro de enamorarse de un mentiroso 

No sabemos con exactitud lo que impulsa al mentiroso a engañar en el amor. Erich Fromm dice que el amor maduro no puede convivir con la mentira. Tal vez bastaría con algo de empatía para evitar fabricar un personaje o una fantasía para enamorar a otro, ponerlo a los pies, e incluso destruirle la vida.

Esta es la historia de Ana Milena, la niña de los Rodríguez, la menor de dos hermanas, el centro de las fiestas familiares y de las miradas: bella, trigueña, flaca y alta, de ojos miel, risueña y carismática, como para reina de belleza, decían las tías. Estaba recién graduada del Sagrado Corazón, colegio de monjas a donde iban las muchachas “bien” de Cali. Se conoció con aquel muchacho –el primo de su amiga Teresa, que estaba allí de vacaciones– en el club, para la fiesta de cumpleaños de la misma, era su primo que estaba de vacaciones. Ana Milena se estaba preparando para irse el año siguiente a estudiar Abogacía a los Estados Unidos, porque allá vivía la hermana mayor de su papá que quería acogerla. 

Desde el primer momento, hicieron match y juntos se veían como pareja de comercial de agencia de viajes: fotogénicos, esbeltos, sonrientes, radiantes, bellos –como para sacarles cría. En la fiesta no pararon de hablar y al día siguiente él la invitó a cine y se besaron, y al día siguiente a desayunar y a almorzar, y al siguiente a hacer ejercicio, y al siguiente ella lo invitó a conocer a sus padres. Encantador les pareció. Un caballero. De buena familia, de buen apellido, con promesas de viajes por el mundo. Todos en la casa se volvieron locos por él y hasta la abuela ya se imaginaba a su nieta quedando tan bien casada.

Desde niña, su madre le decía que lo más importante era que estudiara para que fuera alguien en la vida, para que nunca dependiera de ningún hombre. Pero Ana Milena se enamoró.

Cuando nació el bebé ya había pasado más de medio año sin saberse nada del susodicho y Ana Milena estaba sumida en la depresión. El niño lloraba día y noche y ella, que no lo quería ni ver, iba y venía como un péndulo entre la culpa y la ira de haber sido tan ingenua. Su padre, muy dolido, se esforzaba en convencerla de que lo que les había hecho ese canalla no era culpa suya y le prometía que, a pesar del camino de piedra y filo que quedaba por recorrer, el destino le daría la revancha y que pensara de la justicia en la balanza.

El precio de amar puede ser alto. Puede resultar en responder por heridas que hicieron otros, en ser traicionados, en salir desencantados, o en quedar con un gran desengaño. Incluso así, quedan también las canciones.

Deja un comentario

Descubre más desde Generación / generation

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo