Generación / generation

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la clave de Mi mayor

Por: Adela López

¿Cómo se extirpa a una competitividad maligna dentro de uno mismo?

Abro el Facebook y veo que mi antigua profesora de violín ha muerto. Hace años que no hablo con ella; creo que la última vez fue en el 2013, cuando me fui de mi ciudad y mi estado para entrar en la universidad. 

Hablando sin pelos en la lengua, es verdad que parte de mi motivo para estudiar en otro estado era precisamente para escapar de la influencia de ella. ¿Por qué me iba a quedar en la misma ciudad, con las mismas expectativas, cuando podía irme para empezar de nuevo? Más claro, agua. 

Sin embargo, me quedo a cuadros mirando su obituario. Fui su alumna durante diez años, empezando en primaria y acabando con 18 años. Los momentos me pasan como en un carrete de una peli antigua: con nueve años, casi vomité en su piso por el calor, el violín temblando en mis manos. Con 13 años, ella me explicó lo que representaba cada movimiento de la Primavera de Vivaldi. Con 15 años, me riñó por haberme apuntado al voleibol, por si me hiciera daño a las muñecas o los dedos, que me dejaría sin poder tocar el violín. Con 17 años, me regaló una pulsera antes de mi concierto como solista. 

Aprendí de ella, claro: me explicó que no todo se puede tocar de forte-fortissimo, como tampoco se puede llevar un bolso con lentejuelas, unos zapatos de tacón y unos labios pintados de un rojo dramático a la vez. Me enseñó que tenía que buscar mi propia voz musical,  que no valía copiar como la otra gente interpretaba a la música. Lo que más recuerdo, quizás, no son los momentos de tocar, sino las clases en las que tocaba escoger una nueva obra musical, en la que enfocaría los siguientes tres, seis, 12 meses. El silencio reinaba mientras ella marcaba la digitación para una parte complicadilla de tocar, o los símbolos de ∏ y V para marcar la dirección del arco, un silencio que para mi representaba un traspaso solemne de conocimiento de maestra a alumna.

Sin embargo, tengo que recordarme que la profesora era, en general, fría y austera, y hasta daba miedo con sus miradas y sus palabras. Me viene a la mente la imagen de una sesión de violín justo antes de entrar en Bachillerato, cuando aún me estaba planteando la posibilidad de estudiar el violín como carrera: “Si hubieras tocado así en una clase de conservatorio,” me dijo una tarde, sin parpadear, después de que tocara una pieza muy torpemente, “el profesor te echaría del estudio directamente.” Mortificada, intenté controlar mis lágrimas y juré que me prepararía mejor para la siguiente clase. 

Algunas amigas llegaron a conocerla por los grupos musicales que dirigía, y me comentaron lo intensa que era ella. Comparado con sus profesoras de violín, la mía era un sargento. 

“Es que mi profesora Shannon es un ángel,” comentaba mi mejor amiga, mientras diseccionamos un cerdo fetal en clase de biología en la ESO. Compartimos varias asignaturas, lo que era tanto una bendición a la hora de estudiar juntas como una maldición a la hora de saber quién había sacado mejor nota, y era difícil no comparar varios aspectos de nuestras vidas. “Es super cariñosa y comprensiva. Ella entiende si tengo exámenes y no he podido practicar, o si tengo que faltar una clase por una carrera de atletismo un fin de semana… Vamos, el opuesto de la tuya.”

“Sí, la mía es muy exigente,” asentí, destapando las intestinas del cerdo con un bisturí mientras dibujamos el sistema digestivo. “Pero me viene bien. Soy intensa y necesito a una profesora que también sea intensa. Así me reta, me hace mejor.”

O por lo menos, me lo estaba intentando convencer. Supongo que era una niña competitiva; mis padres nunca tenían que decirme que sacara buenas notas porque ya quería las mejores. Esta motivación se extendía, pues a finales de primaria empecé a competir contra mi propio cuerpo, a ver si podía llegar a ser la más flaca de mi clase de ballet. 

Y mi profesora me sacaba esa competitividad como se saca el hilo de la lana en la rueca. Para mí, el fin justificaba los medios, ya que me gustaba ir a las conferencias anuales para los mejores músicos jóvenes, y si ella me preparaba bien para las audiciones, yo no me iba a quejar. (Tampoco diría que estaba feliz, pero ¿quién realmente estaba feliz en 4º de la ESO, con tantos exámenes y la presión de sacar buenas notas para poder entrar en una universidad prestigiosa? Estábamos todos con unas ojeras esperpénticas que correlacionaron a nuestro grado de desesperación.)

De esta manera, me convencí que estaba compitiendo sólo contra mi misma, mejorando para superar mis propios límites, pues la música era una actividad solitaria. Practicar una hora al día. Dos. Dos y media. Sumar horas de orquesta, de ensayos de cuarteto, de grupos extracurriculares en el conservatorio. No tenía que competir contra nadie más que mi propia resistencia. Y me salió bien: llegué a conseguir un puesto bien alto en la sección de violines en la orquesta y formar parte del cuarteto más avanzado de nuestra edad en mi ciudad. Así llegaba a la conclusión de que el esfuerzo proporcionaba una ventaja competitiva. 

En enero, se convocó una audición para seleccionar a los mejores jóvenes músicos en todo el estado de Nueva York. Con la audición a unos meses a la vista, decidí que, en vez de reciclar una pieza ya tocada, escogería una nueva y aprenderlo en tiempo récord. Hasta mi profesora me advirtió que a lo mejor me estaba sobrepasando, que tendría que invertir una burrada de tiempo para aprender una nueva obra musical en unos pocos meses. 

“Quiero hacerlo,” le aseguré. Había que escoger una meta bien lejos para no estancarme. Aunque me sobreextendiera, estaba segura de que podría reunir las fuerzas para llegar.

Me confié demasiado. 

Entre las clases de 4º de la ESO, las tareas que nos ponían en el instituto y las actividades extraescolares, no daba abasto, y obviamente no pude preparar la pieza para conseguir la nota de corte para entrar en la orquestra. La audición, un sábado en mayo por la mañana –un día de mayo de verdad, soleado y con un cielo azul celeste– fue un desastre. Decir que no estaba preparada quedaría algo corto, aunque logré exprimir unos 91 de 100 puntos. Odié esa pieza y lo mal que la toqué; hasta años después me generaba cierto rechazo. Lo irónico es que era el tercer movimiento del concierto de Mendelssohn, en Mi mayor, lo que se considera posiblemente la tonalidad más alegre hasta chirriar.  

En el pasillo de la sala de audiciones, me enteré que mi mejor amiga, que había tenido su audición unas horas antes y era la de la “profe comprensiva”, había conseguido la nota de corte. Seguramente podría entrar en la orquesta. No sabía qué decir, entonces opté por no decir nada.

Al volver al instituto el lunes, la evité todo el día. No podía decirle “enhorabuena”; no me salía. Y lo peor fue el hecho de que al fondo me creía mejor que ella, que yo me lo merecía más, y eso me hizo sentir como una hija de puta. 

Sentí un enfado hacía mi profesora, por haberme dejado seguir adelante con una pieza nueva, por alimentar y retroalimentar mi competitividad aunque era evidente que iba a fracasar. Pero en el fondo, me di cuenta de que eso no era culpa de mi profesora. Fui yo. Te crees que estás compitiendo contra ti, mejorando tus propios límites… Pero al final estás compitiendo con los demás. Y a diferencia de los deportes competitivos en equipo, ni tienes amigos ni compañeros con quién celebrar o lamentar. Precisamente las actividades en solitario pueden llegar a ser más competitivas, y más aislantes. Son tus éxitos o tus fallos, y acabas o mejor o peor, pero siempre más sola. 

¿Existe la competitividad en un vacío? ¿Es posible competir contra sí misma? Y si lo es, ¿con quién te comparas? Siempre vas a involucrar a otra persona; tu propio éxito en conseguir (¡por fin!) el puesto de concertino en la orquesta implica que alguien ha quedado en segundo lugar, que alguien no ha tocado tan bien. Ningún hombre es una isla, decía John Donne, pero propongo mi propio corolario: que somos todos de agujeros negros, creyéndonos aislados en el vacío compitiéndonos contra nuestro propio peso, pero no podemos evitar engullir a los demás en nuestra órbita. 

Al día siguiente, sí le di la enhorabuena. Pero el daño ya estaba hecho. Hasta la fecha, no tengo claro si ese momento marcó un antes y un después en nuestra amistad. 

Años después, estamos tomando un café durante las vacaciones universitarias; yo he vuelto de Boston, ella de Michigan. Le pido perdón por como actué en ese momento, por mi comportamiento demasiado competitivo, por pensar con una mentalidad de «todo o nada». Me dice que está todo agua pasada. 

Sin embargo, lo que me dice son palabras, como, seguramente, son las mías para ella. Quedamos una vez al año, en las navidades, para tomar un café de dos horas y ponernos al día, y ya está. ¿Es del distanciamiento de los años, de dos amigas en países distintos? ¿O todo habría salido distinto si no me hubiera volcado en la competitividad?

***

A partir de ese momento, la memoria de la profesora está vinculada con mi amiga; es imposible separar nuestra amistad con toda la historia que conlleva. 

No he vuelto a tocar el violín desde 2013. Participé en la orquesta en el primer semestre de la universidad, pero no sabía cómo reconciliar la frustración de no tocar tan bien como los años anteriores, pero sin el tiempo –ni el deseo– de invertir ese tiempo. En cambio, mi amiga sí que mantiene una relación sana, digamos, con el violín. Sin haberse contaminado por la competición, sigue tocando, y lo disfruta. 

Ya ha pasado casi un año desde la muerte de mi antigua profesora. No sé si mi amiga se ha enterado de la noticia, pero por un lado no quiero preguntárselo. Ella sabe bien el estrés y la presión que la profesora me generó durante mis años de adolescencia, y no quiero sacar, como agua sucia de un pozo ya olvidado, los recuerdos de esa persona que no invocamos desde hace mucho tiempo. 

Por otro lado, sí quiero compartir la noticia con mi amiga –no por chismear, ni celebrar su muerte– sino porque hay una parte dentro de mí que alberga la esperanza, casi como una superstición, de que ya estoy libre; de que todo aquello competitivo en mí que acabó abriendo una brecha entre nosotras también ha muerto. Y que, con la muerte de esa parte competitiva, quizá podamos empezar de nuevo.

Con la celebración de los Juegos Olímpicos en las últimas semanas, he vuelto a pensar en la competición. Más alto nivel, no hay; y si yo sufrí la competición –y sus efectos colaterales– en un ambiente de orquestas de adolescentes, ¿cuánto más presión debería experimentar estas atletas? De hecho, el patinaje olímpico individual era famoso por su competitividad; hasta Nancy Kerrigan llegó a sufrir un porrazo a la pierna para que no pudiera competir contra Tonya Harding. Sin embargo, este año, veo que las ganadoras se alegran de que sus competidoras tengan éxito. Se abrazan, posan juntas, celebran. La competición se convierte en la comprensión.

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