Generación / generation

un blog para nosotros, por nosotros, sobre nosotros / a blog for us, by us, about us

*QUERIDXS LECTORXS: como sabéis, durante los últimos tres años, hemos utilizado otra plataforma para publicar las ediciones. para leer las antiguas ediciones, tenéis que dirigiros al antiguo blog.
DEAR READERS: As you know, for the past three years, we have been using a different platform to publish our editions. To read the old editions, please visit the old blog.

¡Pánico! El ataque de las Termitas Interdimensionales

Alejandro R. Padín

ficción

Se rumoreaba que la primera planta del edificio ya no estaba allí. —¿Dónde carajos estaría?— Agustín seguía escribiéndole mensajes a Rosa, la de la primera planta, pero las respuestas no llegaban. Lo intentó con Rosa, esta vez, la de la segunda planta y ahí pudimos confirmar los rumores que nos tenían a todos al borde de un ataque de pánico: la primera planta no existía, se la habían comido las termitas. 

Al conocer la noticia, Agustín no tuvo que decirnos nada, su mirada era un libro abierto para todos los compañeros. La oficina calló durante unos segundos, aún tengo la sensación de que esos segundos debieron de ser años para más de uno. Sentí un duro golpe del corazón contra mi pecho, y al instante, empezó a golpear tan rápido que tuve la sensación de que dicho órgano habitaba dos espacios al mismo tiempo. Mi cuerpo era una contradicción viviente, empezó a segregar cascadas de sudor a pesar de tener una temperatura corporal más fría que la gracia de un funcionario. Una cansina voz interna me decía —no deberías de estar aquí—. Ya sé qué no debería de “estar aquí”, pero qué puedo decir, aquel edificio se había convertido en mi universo. Desde la ruptura con Rosa (ya sabéis, mi Rosa, aunque suene posesivo, prefiero eso a que la confundan con la de la primera planta, o la de la segunda, ¡o con cualquier otra Rosa!) el caso es que desde la ruptura me refugié tras estos muros, arropado por el resto de plantas que componían el edificio, me sentía como en una especie de colmena. Por lo que a mí respecta, fuera no había nada. 

Ya ni siquiera recuerdo quien puso punto final a la relación, pero sí que la recuerdo bien a ella. Seguía saludándome en forma de pensamiento intrusivo, quizás no todos los días, pero probablemente todas las semanas. O quizás todos los días, pero definitivamente no a todas horas. Bueno, yo que sé, al fin y al cabo el tiempo es subjetivo, y medir lo subjetivo… ¡absurdo! 

—¡Ya vienen! —gritó Gonzalo. 

Por supuesto, el primer grito tenía que ser del subnormal de Gonzalo. Juré que si las termitas aparecían por nuestra planta, sería yo el que les entregaría al mongolo de mi compañero. Pero no había tiempo para un soliloquio acerca de ese ser, su grito fue solo el pistoletazo de salida del resto. El caos se apoderó de la oficina. Habíamos pasado por mucho, demasiadas entregas jodidas, demasiadas horas extra, pero nunca nos vi como en aquel momento. Me sentía en una jungla. No. Me sentía como si estuviera en el interior de un huracán… no, no, me sentía como si me estuviera persiguiendo una pantera, o doscientas panteras, en la jungla, y encima hubiese llegado un huracán. —¿Sabrán los de arriba lo que ocurre? Tenemos que avisarles con urgencia, quizás ellos sepan qué hacer —.

La parálisis en la que me encontraba terminó súbitamente. Supongo que debí darle las gracias a la sanguijuela de Gonzalo, ya que por suerte, mi repulsión hacia él era mayor que mi miedo a las termitas. Supongo que esa repulsión me distrajo y me llevó a pensar en opciones. Al contrario de las parálisis del sueño, donde los íncubos presionan para que no puedas despertarte, el puto íncubo de Gonzalo era el héroe que me había liberado de la parálisis. No pienso compartir este pensamiento de nuevo. 

Recorrí la oficina de una punta a otra a toda velocidad. Por el camino, choqué con muchos compañeros y con hojas de papel, que por alguna razón estaban en el aire, histéricas, como el resto de la plantilla. Llegué al ascensor y al pulsar el botón no se encendió ninguna luz. —La revolución de las máquinas— pensé —van a dejar de obedecernos, tiene sentido, ante el peligro de las termitas no quieren pasar sus últimos momentos obedeciendo nuestras órdenes—. La verdad es que estaban en todo su derecho. A la mierda, tenía que subir por la escalera.  

Al abrir la puerta de las escaleras de emergencia, estas se desintegraron. Esa puerta había custodiado las escaleras tanto tiempo, en un perfecto hermetismo, que cuando la abrí y el oxígeno pasó a saludar sus átomos se descompusieron irremediablemente. Como dije, el edificio no era solo mi hogar, se había convertido en mi universo, y al ver por primera vez las escaleras y su inmediata desaparición, entendí que, como seres humanos, habrá partes del universo que no transitaremos jamás, partes que quizás nos den las claves para salvarnos; en definitiva, un chiste cósmico de mal gusto. 

Realmente este edificio me había hecho sentir más seguro que nunca después de la ruptura. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo. No era capaz de procesar los gritos de mis compañeros; ni siquiera entendía realmente lo que significaba que la primera planta hubiera dejado de existir. —¿Dónde está ahora su Rosa? ¿Y por qué los de arriba no dan señales de vida? —. Todos conocíamos la existencia de “los de arriba”, fueron los fundadores del edificio, pero ninguno había conseguido hablar con ellos jamás. Solo sabíamos que estaban “arriba”, pero nadie tenía derecho a subir, ni siquiera hubiéramos sabido a qué planta dirigirnos exactamente. Lo que no entiendo es cómo en una situación de emergencia como en la que nos encontrábamos, no tuviesen los huevos; o como mi padre decía: “la decencia” o como mi madre decía: “el valor”, o como mi abuelo decía: “los cojones”; de ponerse en contacto con nosotros. Pobre de aquel que considere el silencio como una respuesta. 

—¡Rosa! ¡Rosa! —El grito de Agustín me arrastró de nuevo a la oficina. Se había cortado la comunicación con la segunda planta. Las termitas estaban subiendo, solo era cuestión de tiempo que nos alcanzaran. 

Debía mantener la calma. Invertir la situación de poder; las termitas invasoras no iban a arrebatarme la serenidad. Traté de contener la histeria de mi corazón a base de fuertes respiraciones. Caminé, lentamente, a mi escritorio, me senté, agarré mi fiel taza de café y saboreé con los ojos cerrados su contenido. —Joder, qué bueno está el café—, sentí cómo al beberlo mis neuronas se relajaban, como si las estuvieran masajeando. En ese estado sí que me sentí capacitado para pensar opciones. Lo primero que decreté fue el objetivo, no era huir, yo no tenía intención de irme a ningún lado, el objetivo era impedir que las termitas devorasen mi universo. Me jodía bastante, pero podía intentar vivir sin la primera y la segunda planta. —No, la máquina de café de la segunda planta— en ese instante reparé en la

tragedia: ya jamás tendría acceso a esa máquina de café, la mejor de todo el edificio. —Mejor eso que dejar de existir, ¡concéntrate subnormal!— Mi querida voz interna me puso en mi sitio de nuevo. Bien, tenía poco tiempo, pero iba a encontrar una solución. Pensé en el objetivo que tendrían las termitas, en el por qué de ese instinto de destrucción espacio-temporal. Sí, insertad en vuestras mentes la imagen de una bombilla encendiéndose, de repente se me ocurrió una solución. 

—Hola — la voz de la que alguna vez fue mi Rosa resonó en mi cabeza. 

—Ahora no—respondí—Ahora es literalmente el peor momento para permitirme este pensamiento intrusivo—. No podía distraerme, había demasiado en juego. 

—¿Cómo estás? —me preguntó; aunque como os podréis imaginar, no pensaba contestarle. Pero ya era tarde, había perdido el hilo completamente. Rosa se había asentado a mi cabeza como siempre ha hecho, sin pedir permiso alguno. Poco a poco sentía cómo el pánico amenazaba con paralizarme de nuevo. A cada segundo que pasaba, las termitas estaban más cerca, y más difícil se me hacía volver a recordar lo que estaba pensando antes de que Rosa me interrumpiera. Había encontrado una posible forma de salvarnos, pero joder, no me acordaba. Era como intentar recordar un sueño, a cada segundo que pasa, se vuelve una tarea más difícil. 

—¡La novena planta no contesta! ¡Se acabó, ya están aquí! —gracias Gonzalo— pensé— gracias por distraerme aún más

Amigos míos, cuando las termitas llegaron, todo el ruido murió estrepitosamente. Esa extraña sensación en la que te vuelves consciente de lo molesto que es un sonido tan solo cuando desaparece. Ya no estaba en la jungla, rodeado de panteras y sacudido por un huracán, ahora estaba en otro sitio. Era espacio, sí, pero no puedo aseguraros que fuese un lugar. Y lo mismo podría deciros del tiempo, había, pero no funcionaba de la misma forma. Aunque por otro lado, no importaba lo más mínimo. 

Fue ahí, cuando por un instante, pude ver la identidad de todos, ¡incluso la mía propia! Vi a todas las Rosas, y entendí que el nombre no tenía ni voz ni voto en cuanto a la identidad se refiere. Era solo información, y si me apuras, ruido. Como si las cosas existiesen en todos los estados posibles hasta que alguien decide concretarlas. Apresarlas con sílabas insignificantes. Matizar es encarcelar. Fue entonces cuando pude ver a mi Rosa, y esta vez, por fin pude comprenderla. —Que teatro más absurdo hemos estado interpretando durante tanto tiempo— pensé. 

Después, aliviado, lo olvidé todo.

Deja un comentario

Descubre más desde Generación / generation

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo