Álvaro de Balbín Bueno

He intentado recordar a alguno de los responsables de mi nacimiento, sea la madre que me parió o el padre que me engendró, dándome apuntes sobre el peligro, pero no soy capaz. Tengo la idea de que esto tendría que ser algo fundamental en la educación de un cachorro humano, como lo es en otros mamíferos. Ya sé que los humanos no graznamos al ver a un depredador, probablemente porque se nos ha olvidado su aspecto. Sin embargo, un chiquillo debe ser instruido en los peligros de estar vivo, ¿verdad?
Creo que el problema en mi caso es que fui criado con un concepto del riesgo algo particular. Desde cinco minutos después de que se comprobara públicamente que era capaz de hablar, mis madres y mis padres, todos aquellos que participaron de alguna forma en mi crianza, insistieron siempre en lo importante que era invertir gran parte de mi vida futura en leer, estudiar, graduarse, licenciarse y doctorarse. El camino del artesano del conocimiento, del labrador de la idea, del herrero de la palabra, puede ser una sorpresa dentro de algunas familias, pero para mí era simplemente continuar la tradición del gremio familiar. En ese sentido, dedicarme a leer y escribir fue siempre la opción segura. Dentro del retrato español típico de una generación criada entre la burbuja inmobiliaria de finales del siglo XX y la crisis económica de 2008, no es del todo habitual que tus padres te animaran a ser intelectual, que no se escandalizaran porque prefirieras leer que jugar al fútbol, que no te presionaran para hacer algo útil con tu vida. De ese modo, mi configuración por defecto incluía desde el principio un error de fábrica fantástico: el sentimiento de que estudiar es la puerta hacia un futuro seguro.
Sí recuerdo cómo mi prima, que posteriormente nos sorprendió a todos convirtiéndose en cabeza de lanza del movimiento ultramontano español, me preguntó antes de entrar en la carrera, en una reunión familiar, que si era consciente de que estudiar Historia era algo de pobres. En aquel momento no pude hacer más que dejarme llevar por las carcajadas y por el ansia de contarle la anécdota a mi hermano y a mis padres. Inconsciente y joven, no caí en que aquella pionera del conservadurismo estaba subrayando una evidencia con un peso histórico incalculable. Mi vida siguió el camino previsible: Grado, un puñado de Másteres, intentos de creación literaria, un doctorado interminable, etcétera. Sin embargo, como si de una maldición de los pueblos nómadas se tratara, la pregunta de mi prima fue amueblando un espacio generoso en mi futuro. Aquel inocente gafapasta continuó eligiendo el libro frente al emprendimiento, la pluma frente al bitcoin, el desempleo frente al potencial de formar parte de la fuerza de trabajo, ¡de la familia!, del supermercado más grande del país. Como un lunático que repite siempre el mismo error esperando un resultado diferente, continué evitando el peligro, porque no triunfar en mi vocación era para mí sinónimo de auténtico riesgo. Ajeno a las consecuencias de mi adicción por el pensamiento crítico, hice más profunda mi tumba y más inevitable mi exclusión social.
Esta peculiar interpretación de la meritocracia, que tanto me influyó en mis decisiones de juventud, era originalmente la idea de una generación anterior para evitar el peligro de la incertidumbre y la carencia. Es, de hecho, un tic de boomer que conservamos los millennials. ¿Sería un zurdo que vive de las paguitas y no cotiza si hubiera elegido otro camino? ¿Habría evitado el peligro de convertirme en un bohemio corrompido por la influencia del trotskismo transexual? Vuelve a preguntarme cuando haya terminado este curso sobre como hacer mi primer millón tan chulo al que me he apuntado esta semana.

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