Generación / generation

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La paradoja de la imaginación

Adela López

Valenzuela Navarrete, G. (2013). La (nueva) biblioteca de Babel. Entretextos, 5(15), 1–7. https://doi.org/10.59057/iberoleon.20075316.201315475

“A veces puedo oír mis huesos tensarse bajo el peso de todas las vidas que no estoy viviendo.”  – Jonathan Safran Foer

En 2º de primaria, un día en clase la maestra nos propuso un proyecto: ¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

Incapaz de decantarme por una cosa, escribí una lista de varias profesiones: maestra, abogada, bailarina, presidenta, química, inventora, matemática, artista. No sé cómo lo representé en el dibujo acompañante, pero tampoco me parecía tan exagerado nombrar tantas. Seguramente organizándote bien, podrías compaginar por lo menos tres de esas carreras. 

Al pensarlo ahora, años después, creo que estaba aterrorizada de que si escogiera una cosa, sería mi destino para siempre; como si escribirlo sería comprometerse sin marcha atrás. Quería mantenerme abierta a todas las posibilidades, y seguramente iría afinando mis gustos con el tiempo. 

Ahora bien, aunque tener todas las opciones abiertas me dejara volar la imaginación, solo faltaba meter otra variable para complicar la cosa exponencialmente. Unos pocos años después, la profe de música nos indicó que compusiéramos una melodía, de llenar solo dos líneas de pentagrama, para así tocarlo para la clase en el xilófono. En teoría, lo tenía más fácil –ya tocaba un instrumento desde hace un par de años, y ya sabía leer la notación musical– pero las únicas melodías que me salieron eran las que ya existían. Las posibilidades se multiplicaron: una corchea, una blanca, en mayor o en menor, una melodía ascendiente o descendiente… Al final de la clase, sentadas de piernas cruzadas en la alfombra, había llegado a escribir unas pocas notas, y no estaba muy convencida de ninguna de ellas. Un horizonte abierto, lleno de posibilidades; me vi superada entre todas las combinaciones y permutaciones que podía presentar en unas líneas en papel, en una escala musical, en un puto xilófono.

En el patio, la imaginación se dio a juegos del futuro: los ubicuos comecocos, claro, pero también iteraciones infinitas del juego MASH por sus siglas en inglés (Mansion, Apartment, Shack, House), apuntando posibles nombres de pareja, número de hijos, trabajos, tipo de coche, sitio para vacaciones, y obviamente, el tipo de vivienda. Pero era una imaginación segura, pautada – escribir cuatro opciones para cada categoría, escoger un número, e ir tachando cada X opción, dejando que la opción que quedaba de cada categoría era tu futuro. Un juego imaginado que se dejaba hasta cierto punto al azar, pero dentro de las opciones ya escogidas. Años después, pensaría en este juego cuando la profesora de español nos intentó explicar la diferencia entre el uso de “qué” y “cuál” en las preguntas –¿existe un mundo de posibles respuestas, o estás limitado a unas pocas opciones?

***

Al volver a leer el Cuarteto Napolitano de Elena Ferrante, me surgió esta pregunta: entre Lila y Lenù, ¿quién tenía más imaginación? ¿La que escribió El hada azul, ese cuento de fantasía ilustrado minuciosamente con pasteles, que sacaba diseños de zapatos únicos e innovadores? ¿O la que, a través de sus estudios, va construyendo una nueva vida (para salir del rione, pero sin saber muy bien adónde iba), aplicándose a los estudios hasta levantarse la cabeza y ver cuán lejos había llegado? 

Creativa era, pero no diría que tenía mucha imaginación, al menos no en el sentido de inventar historias, personajes, y diseños como Lila. Mientras mis compañeras jugaban con las Barbies, simulando ser famosas o narrando cuentos de dragones y princesas, yo leía libros de ficción histórica y jugaba a juegos de resolver misterios con puzzle, aferrándome a cosas basadas en hechos o lógica. Me preguntaba si la imaginación era lo mismo que la creatividad, la curiosidad, el ingenio, la constancia.

Me pareció que sí, y que la persistencia podría ser la clave. Cuando ya estaba en la universidad, leí el cuento de Borges, La biblioteca de Babel. La posible permutación de cada letra del alfabeto en infinitos libros, cada uno con un pequeño cambio – una letra cambiada aquí, una coma movida allá – me dejó asombrada, ni mencionar la forma de hexágonos sobre hexágonos, idénticos e interminables, como una colmena infinita. Quizás era cuestión de tiempo: si tuviera todo el tiempo del mundo, la mayor parte de lo que se escribiría sería un sinsentido, pero quizás con suficientes permutaciones de letras, se podría componer un libro ganador del Premio Booker (posiblemente fuera una versión más elocuente del teorema del mono infinito, y sin duda anterior a ChatGPT; ¿qué es la inteligencia artificial, sino la probabilidad de barajar palabras, produciendo una oración en el orden correcto de sujeto, verbo y objeto?).

Como la misma Biblioteca, ya no me parecieron agobiantes tantas posibilidades ni permutaciones, sino un abanico de miles de porvenires posibles. Algunos saldrían bien, otros no. Me podía imaginar trabajar en alguna cosa por un par de años, después cambiar; o de combinarlo como ya había imaginado de pequeña. Niña, tienes el mundo a tus pies.

***

Por lo excitante que era tener tantas posibilidades –podría ser maestra en los EE. UU., o enseñar inglés en España; podría hacerme abogada, o trabajar en un museo– empecé a visualizarlo como un árbol de decisión, con sus ramas dicotómicas multiplicado por muchos variables: qué, cuándo, dónde, cómo, cuánto me va a costar (tanto a nivel económico como a nivel interpersonal), e igual el más importante, el por qué. Quizás es la paradoja de la elección: cuánto más podemos imaginar, cuánto más nos cuesta tomar la decisión. Las posibilidades se multiplicaron, y me sentí como el viejo marinero: “Agua, agua por todas partes, ni una gota para beber.” 

En las clases de ciencias políticas aprendimos sobre el concepto de “Dependencia del Camino” (Path Dependence, en inglés): cuanto más se siga por un camino, se vuelve más complicado volver para atrás o de cambiar de marcha, ya que los engranajes metafóricos han empezado de girar, ganando una inercia cada vez más difícil de parar. Me flipó el concepto, ejemplificado por el uso del teclado QWERTY  –un teclado torpe, no optimizado (comparado con el teclado Dvorak, propone Liebowitz y Margolis), pero por la ventaja de su temprano uso, llegó a ser el modelo más extendido. Como aquella niña en la clase de música, la imaginación de posibilidades me volvió a pesar: tomar una decisión, cualquier decisión, podría significar poner en marcha una historia, una trayectoria; ¿qué pasaría si quisiera volver para atrás?

Volvamos de nuevo a Borges: en su cuento El jardín de senderos que se bifurcan,  un laberinto representa cómo “el tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros.” Pero a diferencia que la vertiginosa variedad de posibilidades imaginadas que presenta el árbol de decisiones, el laberinto sugiere que no podemos imaginar adónde nos llevarán las decisiones que tomamos, ya que los caminos pueden dar marcha atrás, cruzarse en lugares extraños, llevarnos a lugares totalmente inesperados. 

Sin embargo, a lo mejor no vale dar por descartada estas posibilidades imaginadas. Dentro de la infinidad de posibles futuros posibles, solo hay un futuro: el que imaginemos y vayamos construyendo –o reconstruyendo– al momento. En otra vida hubiera sido  –¿y por qué no en esta? Como Penélope, tejemos una historia, la deshacemos, y volvemos a tejerla. Cuantas posibilidades para representar, para contar, para imaginar. 

¿El futuro cambiará de lo que hubiéramos imaginado, o llegará a ser?

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