Generación / generation

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Seven minutes in heaven

Magdalena Mihaylova

Con esta edad ya no se juega al Seven Minutes in Heaven … ¿O sí?

I.

Te imagino y así intento conjurarte, pero todo el mundo sabe lo que pasa cuando se despierta a un fantasma. Ya me sé el juego, pero es divertido averiguar cómo jugarás tú, divertido ver cómo poco a poco desvelarás tus tácticas, cómo harás para enredar mi lengua, apropiarte del control de mis manos, agitar los golpes en mi pecho. Juegas sucio, lo averiguo la noche del bolo; nuestras miradas se cruzaron y ahí supe que iba a perder. Una inclinación de la cabeza casi imperceptible y una capacidad increíble para la imaginación. 

II.

Cuando era niña, mantenía un diálogo mental constante en el que narraba historias elaboradas y dramáticas. Mi imaginación se alimentaba con el más mínimo detalle, y durante el recreo apuntaba observaciones en el patio con la precisión de una periodista veterana, pues también tenía una capacidad innata para el sensacionalismo. Una mirada intercambiada en el pasillo me daba material para montar una escena romántica que se repetía sin cesar antes de dormirme; una nota escondida en mi escritorio podía alimentar meses de ensoñaciones desmedidas en mitad de clase. Lo irónico era que jamás me atreví a perseguir susodichos tramas románticas, pues mientras mis amigas se echaban “novios” o se daban picos con ellos en el patio cuando los monitores no nos miraban, a mí me invadía un miedo atroz nada más alguien se me declaraba, aunque tal persona me gustara. Yo sólo quería vivir en la imaginación, en ese espacio entre lo imposible y posible, en jugar el límite, en mantener el control y abusar de ello a mi manera. 

III. 

Hace ruido, así que te tienes que acercar mucho para que te pueda escuchar. El vello de tu barba me roza la mejilla y siento el pálpito de la música en mi garganta. Sonrío y soy simpática, pero en mi mente te estoy mordiendo la oreja. En el baño, apunto estrofas de mierda en mi móvil, y al llegar a casa, las borro junto a tu mensaje.

IV.

En el instituto, anhelaba cosas que no me pasarían hasta años después. Fiel a mi rol como observadora oculta, me ofrecía como designated driver, y mientras mis amigas se emborrachaban en los sótanos suburbanos, yo contemplaba con envidia sus leggings caros, sus pelos lisos y largos, el bamboleo de sus cuerpos como un código que jamás sabría descifrar. Se besaban entre ellas para excitar a los chicos, y yo añadía canciones a la fila de reproducción. ¡Quién lo diría! –la niña tendrá una adolescencia tardía. 

V. 

Si quieres saber del amor, ¿para qué me lo preguntas a mí? Esas cosas no se estudian, se viven, pero llevo años inventándome escenarios en preparación para este momento. Sé negociar con los fantasmas, cómo hacer de un cigarro una rosa, pero de repente me invade un sueño terrible y lo imaginado se adueña de su propio guion. Todo lo que quise es posible e imposible a la vez. Desde el inicio sabía que ésta iba a ser tu jugada, pero disfruto de mi caída igualmente.

VI. 

Por fin, en la universidad, siento que ya no tengo que imaginarme cosas: las vivo. Y aunque duelen, las busco con el fervor de una cachorra recién nacida, hambrienta, urgiendo más y más, hasta que el campus se me hace pequeño y la isla también e incluso mi nueva ciudad. Lo imaginado se me escurre entre los dedos y huyo buscándolo. 

VII.

Estoy tomando café con mi madre en un apartamento viejo en Sofía, las cartas de amor de su primer novio esparcidas por la mesa, la letra chiflada y urgente. Se ríe por lo que ella describe como “влюбена загубена” –enamorada tonta– pero yo estoy totalmente cautivada por la angustia, el deseo, la maldita historia que hay detrás de cada papelito que sacamos del cajón que encontramos en una esquina del armario. Me pasa una mano por la frente, como si la caricia podría devolverle un poquito de esta capacidad para la imaginación, la que tanto quiero que se me quite y la que algún día anhelaré. 

Mientras saboreo el café ligeramente quemado, me pregunto si en algún momento las historias perderán su misterio por haberse vivido ya, o igual se verán superadas por las banalidades de la vida adulta –una mudanza, un nuevo trabajo, los cuidados familiares– hasta que lo que durante mi juventud me hubiera dejado en la cama con fiebre se volvería otro relato vergonzoso del que sería tanto creadora como asesina. 

Mientras hojeo las cartas con la delicadeza que se merecen, me pregunto si, en el caso de que la imaginación se volviera un recurso en peligro, mi propia identidad sentiría la amenaza de un olvido total.

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