Generación / generation

un blog para nosotros, por nosotros, sobre nosotros / a blog for us, by us, about us

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Manual para escapar de una cafetería

Amós del Castillo Petidier y Alejandro R. Padín

Una distorsión hecha por Alejandro R. Padín del cartel original de la película Inception.

En la comodidad de la calefacción del coche, mirando por la ventana mientras las gotas de lluvia se deslizaban a la velocidad de naves espaciales, encontré la verdad.

Veinte años más tarde, ya casi ni me acordaba.

*

––No sé, tengo la sensación de estar soñando.

––Si es así, nada tendría sentido y sin sentido tampoco podemos avanzar. Aunque, visto de otra manera, con sentido no hemos hecho demasiado. Yo solo quiero es que dejes de ser este amasijo de ambigüedad.

––Lo tendré en cuenta.

Contuve mis ganas de espabilarle de un guantazo y encendí el cigarro. Conozco bien a Gonzalo y sé cuándo se va a poner intenso, por suerte, tengo la capacidad de responder automáticamente mientras pienso en cualquier otra cosa, como en las gotas de agua del coche. Aquella vez, mientras mantenía la conversación en segundo plano, no paré de darle vueltas a esa sensación de estar soñando—.

––¿Ah sí? Yo pensaba que querías hablar de otra peli. En esa no moría tanta gente. Igualmente, ya estamos a punto de llegar. No vayas a liarla.

––Creo que el que va en racha de humillaciones eres tú. De los cinco que somos en el grupo eres el único al que llaman la atención siempre.

––¿Cuántos?

––Eres insoportable. Te juro que cuando empiezas a hablar me pongo a imaginar que puedo silenciarte con un mando a distancia.

––Bueno, bueno… Ahora que lo dices, yo creo que eso de la imaginación es un arma de doble filo. El otro día leí un cuento sobre el Monstruo del Lago Ness que lo reflejaba bien.

––No te imaginas lo que me la pela.

Dije mientras le echaba el humo en la cara. Eso es lo que me gustaba de quedar con Gonzalo, era tan gilipollas que me permitía convertirme en un capullo sin quedar como el malo. Apuesto todos mis ahorros a que vuestra cordura no sobreviviría a una charla con semejante engendro.

Llegamos a la cafetería mientras me seguía comiendo la oreja con ese relato. ¡A mí! Sabéis cómo soy, no tengo el más mínimo interés en historietas de monstruos,  vampiros, fantasmas y demás tonterías. Imaginad si encima esas idioteces salen de la boca del mayor idiota con vida: Gonzalo.

Nos sentamos en la primera mesa que vimos a esperar a los demás. Pero yo seguía sintiendo algo extraño, aún me perseguía esa vaga intuición de estar soñando.

––Exacto. Un segundo, tú querías un cortado, ¿no? Escucha, era Kierkegaard que decía que la ansiedad es la enfermedad de la libertad. Está claro que es un síntoma, pero tampoco hay que reducirlo a eso.

––No, no era Kierkegaard, eso lo decía Ayuso.

Supe que no me había escuchado, estaba frunciendo el ceño mientras me escaneaba de arriba abajo.

––Pareces un vampiro, quillo, necesitas un mínimo de sol, hace cuatro años que no pasamos por Sevilla.

––¿Y?

––¿Y qué?

––¿Y a mí que me cuentas? A duras penas pago el alquiler como para gastarme dinero en un viaje. El dinero….

––Pues haber estudiado. No, ahora en serio, creo que tienes razón. Yo creo que no somos más libres, pero lo parece. Y estamos rodeados de gente que sí se lo cree. Nosotros parecemos gilipollas pensando que podemos escapar de lo inevitable.

––Pero vamos a ver, Fernando, ¿de qué cojones me estás hablando?

Odio esa estúpida expresión en su rostro. Fernando es la autoridad máxima en la asignatura “Irritación Interpersonal”, impartida en bares de confianza. Se le infla el pecho al hablar, como si dictase una sentencia en cada intervención verbal. Es por eso que entre toda la pandilla, le pusimos el mote “Palomo”. Aunque hacía ya tiempo que no nos referíamos a él de esa manera. Veréis, el tipo empezó a salir con una tal “Paloma” (por supuesto, ninguno de nuestros amigos la ha visto jamás, juraría que tampoco hemos llegado a ver una foto siquiera). Por lo visto rompieron y Palomo no quiso darnos muchas explicaciones al respecto, solo nos pidió, que mientras dure su luto, dejemos a un lado su mote. A todo esto, ¿qué hacía Fernando allí, yo no estaba hablando con Gonzalo?

Por fin, trajeron los zumos que habíamos pedido. Menos mal, pues mis oídos llevaban un buen rato ignorando a Palomo, y la llegada de los zumos me daba la libertad para reconducir el rumbo de la conversación.

––Por cierto, Fernando, ¿te dije a quién me encontré el otro día?

––Lo sé… Tú por qué crees que vengo con esta cara hablándote de Kierkegaard y del Monstruo del Lago Ness. ¿Acaso crees que sé cómo se escribe Kierkegaard? Lo escuché en un podcast. Pero bueno, sí que la vi, y me puso al día de vuestros planes.

––¿Cuándo has hablado con ella?

––Eso no importa, lo importante es que os han pillado y pase lo que pase tienes que salir de aquí. Soy la última esperanza que tienes de salir con vida.

––Yo también lo creo.

––Pues borra esa expresión de tu cara porque esto es en serio. No puedes confiar en nadie, ¿me oyes? Sé lo que piensas de mí, pero tienes que hacer caso a lo que te diga.

La extraña sensación que tenía de estar en un sueño se hacía cada vez más grande. Sólo que ahora esa sensación venía de la mano de ansiedad. Una ansiedad irremediable, por el batido, por Palomo, por la terraza en la que nos encontrábamos. Sentía como si todos nos estuviesen mirando. Más que mirando –acechando.

––Oye Palomo…

Mierda, pensé.

––¿Y ahora me vienes con esas? ¿Tú me estás escuchando? Mierda, ¿qué tienes en el cuello? ¿Te han drogado? Joder, joder, joder… Esto es peor de lo que pensaba.

––No, no, no. Perdón tío.

Rápido, cambia de tema.

––Estás pensando en voz alta.

––¿Sabías qué dijo Kierkegaard acerca de los zumos de piña?

––Que son la bebida más dulce del mercado, tanto que podrían hacer llorar a Hello Kitty. Pero no intentes embaucarme hablándome de mi debilidad. Estoy intentando salvarte.

––Pero esto es verdad ––dije levantando la mano, como haciendo un juramento.

––No me enseñes el dichoso tatuaje de la serpiente. Esa época ya terminó. Somos adultos, maldita sea, nos guste o no tenemos que enfrentarnos a la realidad. Y la realidad es que estamos rodeados. Los camareros tienen armas. Ve por la derecha, entra en la despensa y sal por la puerta trasera. Yo te esperaré fuera.

Fui disimuladamente a donde decía Fernando sin saber por qué confiaba en él y al poco vi que no había puertas en aquel pequeño habitáculo. Intenté moverme, pero mis piernas no respondían. Poco después apareció él de nuevo, sonriendo.

––¡Te he dicho la verdad, no cómo tú, sin vergüenza!

––¿Y qué es la verdad? ¿Puedes tocarla? ¿Olerla? La verdad es que no sabes si estás soñando. La verdad es que estás muerto de miedo.

––¡Sabes perfectamente a lo que me refiero!

––Ni siquiera tú lo sabes. ¿Estás dormido en un avión camino a la entrevista de trabajo más importante de tu vida? ¿En coma después del accidente que te ha costado las piernas? O realmente has venido conmigo a esa cafetería. Lo que importa es que ya no hay vuelta atrás.

––¡Canalla! —siempre quise decirle eso a alguien, se está perdiendo.

––Llevas años intentando escapar. Del amor, de la soledad, de la culpa… Pero ya se acabaron los simulacros.

Las manos de los camareros me inmovilizaron, y empezaron a arrastrarme hacia dentro. Eso me hizo recordar las gotas de lluvia. Los Cuarenta Principales en la radio, Mamá haciéndole los coros a Madona y mi hermana jugando a la Nintendo DS.

––¿Puedo al menos despedirme?

––¿Para qué? ¿Crees que alguien nos escucha? A nadie le importan nuestros lamentos. Están ensordecidos por el ruido de sus propósitos, de sus proyectos. La ficción para ellos es un escape, no un camino. Ellos visualizan para cumplir objetivos. Nosotros estamos encerrados en la necesidad de huir, de buscar una alternativa, y nos pasamos la vida imaginándola, pero eso se acabó, y tú ya deberías de saberlo.

––Yo también lo pienso, Gonzalo, yo también lo pienso.

Desperté y vi un mensaje en el Teams. Era el nuevo (nunca me acuerdo de su nombre) diciéndome que había daily a las 10:00 y que me tocaba presentar resultados. Me quité los restos de las Chips Ahoy del traje y miré el móvil a ver si alguien me había escrito. Nada… No había nada. No había más que hacer que levantarse.

Aviso: Durante la escritura de este relato no tuvo lugar ninguna forma de procrastinación. Bueno, de hecho, sí, pero quizá es más interesante explicar cómo se concibió el texto.

Desde el principio, el acuerdo consistió en convertir el relato en un juego, según el cual los escritores intercambiarían dos veces el texto, correspondiéndole a cada uno un personaje del diálogo. Inicialmente, el primer escritor redactó un tercio del relato y dejó los diálogos en blanco para la respuesta del segundo. El segundo, después de maldecir los callejones sin salida en los que lo había metido el primero, redactó una segunda parte haciendo lo propio, para que finalmente el primer escritor rematase la historia. Una vez terminado el borrador, a la manera de Art Attack, se hicieron los últimos retoques para que hubiese un mínimo de sentido en el relato.

Dicho lo cual, cualquier atisbo de coherencia es gracias a nuestra editora, por lo que no aceptamos quejas ni sugerencias.

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