Generación / generation

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el tiempo de cada cosa

Saint Seiya: ilustración de Masami Kurumada

Por: Luis Javier Capote Pérez

Una de las consecuencias de vivir en la sociedad de la información parece ser el hecho de que estemos instalados en la era de la inmediatez. La posibilidad de acceder a cualquier cosa en un lapso relativamente corto ha desarrollado una costumbre en la que un intervalo reducido es lo normal y cualquier situación que no responda a esa regla es un retraso inaceptable. Miramos nuestros móviles para ver las novedades y a través de ellos accedemos a las redes sociales para comprobar si hay alguna actualización de interés. Los medios de comunicación escritos -como los periódicos digitales- incluyen indicaciones sobre el tiempo de lectura. La unidad de medida de la información es el trino (versión del español colombiano del tweet, en la era anterior a X). Empiezo a pensar que nos hemos instalado en la era de las prisas.

Hay quien podría decir que es una cuestión generacional y que las nuevas hornadas son las que viven a más revoluciones por minuto. Sin embargo, yo mismo he notado cómo me he subido a este tren de alta velocidad. Esto ha tenido como consecuencia una reducción de la paciencia, la cual he tenido que volver a cultivar, porque hay cosas en la vida que requieren un tiempo específico para su obtención. Un espectáculo en directo –un partido de fútbol, una representación operística, un concierto, una obra teatral– requieren que la atención esté puesta en la actividad, entre otras cosas porque cada ejecución es única. Bien es cierto que si el acto es aburrido o mal representado el interés desaparecerá, pero es una situación distinta a la del impulso de mirar el móvil cada cinco minutos. 

Por otra parte, la urgencia por obtener resultados no es nueva y la decisión de hacer las cosas rápidamente rara vez es sinónima de la de hacerlas bien. «Vísteme despacio, pues llevo prisa» es un dicho que escuché en mi casa muchas veces, cuando tenía la mala idea de acabar algo a la carrera. A veces, descubría por las malas que aquella máxima era del todo cierta, pero creo que es parte de la condición humana la búsqueda del camino más corto. Esto, desde luego, no es intrínsecamente malo, pero hay ocasiones en las que esa versión acelerada no lleva al mismo resultado. Así como antaño los fascículos no garantizaban el dominio de un idioma, los tutoriales que podemos encontrar en una red social audiovisual para aprender a tocar un instrumento no sustituyen las horas de práctica y aun con ellas, no serán equiparables al estudio del solfeo y la teoría musical. 

En mi última contribución a este medio tomé como ejemplo un género de videojuegos para tratar el tema central del número correspondiente. Hoy vuelvo a tirar por el mismo camino para exponer que los cambios en la jugabilidad se han orientado hacia una menor dificultad –con sus correspondientes excepciones– porque cada vez existe menor tolerancia a la frustración y se pretende que la curva de aprendizaje sea empinada: aprender mucho en poco tiempo o, al menos, los aspectos básicos del juego. Si se analizan series que se han prolongado en varias generaciones de consolas y jugadores, podrá comprobarse ese cambio: series como Street Fighter o The King of Fighters muestran esa evolución, aunque la celeridad neo-generacional no es la explicación única: las máquinas tenían menos capacidad, los juegos eran caros y bastantes títulos venían de los salones de recreativos, por lo que estaban pensados para desperrar los bolsillos de quienes se acercaban a «echar unos vicios a la maquinita». No menciono el asunto de los tiempos de carga, porque con las actualizaciones hemos vuelto a esos tiempos en los que se escogía un título y se iba uno a merendar en lo que el juego se cargaba, pero el caso es que esta impaciencia y estas prisas se traducen a otras formas de acceso a la cultura. 

Tengo un conocido que presume de ver series y películas de forma acelerada. Todo su consumo audiovisual lo hace incrementando un cincuenta por ciento la velocidad de reproducción o duplicándola. Su método de lectura es similar. Colabora en un medio digital haciendo críticas y reseñas, y, por regla general, sus aportaciones están llenas de incorrecciones, omisiones y pifias, para enfado e hilaridad de la audiencia que accede a sus artículos. En el ámbito de los videojuegos, esto sería como jugar una aventura de texto o gráfica siguiendo un solucionario, lo que implicaría que solamente se ha disfrutado de una parte mínima de aquéllas. Quizá por eso estos géneros han sido o quedado reducidos a un nicho muy concreto, pero me estoy yendo por las ramas y es momento de concluir.

Otro dicho habitual en el refranero español dice que las prisas son malas consejeras, pues al final hay que dedicar a cada tarea, a cada cosa y a cada persona el tiempo que precisa, necesita o merece. Tan pernicioso puede ser el comportamiento de ir a todas partes a uña de caballo como ir dejando los asuntos a ese mañana que nunca llega.

P. S. Aprovecho la ocasión para rogar excusas a la editora por todas las veces en las que entrego mi aportación en el último momento. Con prisas.

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