Generación / generation

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¿GANAR DE CUALQUIER MANERA?

Por: Luis Javier Capote Pérez

Honor y temor generó su nombre. Y a su debido tiempo, Conan se convirtió en Rey de Aquilonia por su propio esfuerzo.

Cuando Maggie anunció que el tema central de esta edición iba a girar en torno a la competitividad, lo primero que vino a mi mente fue el conjunto de experiencias que he vivido a lo largo de los años, desde el colegio hasta la actualidad. 

La primera cuestión que corresponde contestar, aunque sea a título de recordatorio, no es otra que la de la naturaleza positiva o negativa de la competitividad. En sí misma no es, creo yo, ni una cosa ni la otra, sino que todo depende de la forma en la que cada cual decida competir. Por un lado, hay quien lo hace para sí, intentando superarse en cada cosa que hace –por ejemplo, quien aprende de sus errores y aplica la enseñanza a la siguiente actividad-. Por otro lado, hay quien lo hace en relación con el resto, intentando medir los límites de sus habilidades en relación con los de otras personas: como sería el caso de quien mira la nota de sus colegas de clase con tanto interés como la suya propia. La mayoría de las personas dirían que la este primero es el más «sano», pues no implica la comparación ni debe afectar negativamente a las relaciones implicadas, pero el último tampoco es malo en principio, pues puede ser una forma de aprendizaje a través del ejemplo, es decir, como fuente de inspiración o incluso de admiración. Lo que desde mi punto de vista no tiene justificación posible es la premisa de vencer a como dé lugar; de quedar, si no en el primer puesto, sí por encima de la competencia directa. En pocas palabras, el ganar de cualquier manera.

Cuando miro hacia atrás en el tiempo, me doy cuenta de que la competitividad ha estado presente en mi vida desde que entré al colegio. La lejanía temporal permite contemplar desde fuera los momentos vividos, como si fuera una película que volvemos a ver con la experiencia ganada con los años. Recuerdo a estudiantes que ya en los primeros cursos del itinerario educativo vigente -en mis tiempos organizados en torno a la educación general básica o EGB- eran compelidos por sus progenitores para estar en primer lugar: las mejores notas, la imposición de destacar en cualquier actividad extraescolar, de estar en lo más alto de podios imaginarios. Huelga decir que en bastantes ocasiones una infancia bajo presión dejó paso a una adultez con problemas. 

Luego, durante el bachillerato, encontré algún ejemplo de elemento que había abrazado esa filosofía como propia, a partir de las lecciones maternas y había añadido el matiz, convenientemente verbalizado, de que si para conseguir sus objetivos tenía que pasar por encima de otros, así fueran sus amigos, lo haría. En este caso en particular, el interfecto utilizaba la estrategia de menospreciar, medio en broma, medio en serio, el trabajo, el esfuerzo o las elecciones de propios y extraños. 

Finalmente, durante la universidad conocí a alguien que era verdaderamente un ejemplo que seguir: un estajanovista del estudio que no competía y que por ello no tenía inconveniente en ayudar a quien se le acercaba, llevándose en el camino un par de chascos. Un ejemplo que contemplar para mejorar uno mismo, uno que no requiere pisotear al resto. 

A lo largo de los años he conocido y me he cruzado con personas que han ejemplificado la peor versión del concepto de competitividad: elementos que piensan que el fin justifica los medios y que tienen la mirada clavada en un objetivo prefijado. A veces, el pecado lleva consigo la penitencia, cuando descubren que la ansiada meta no trae consigo la satisfacción que pensaban que iban a obtener. En otras ocasiones, confunden los conceptos de medio y de fin, cosa que suele acontecer cuando el anhelado premio es un puesto de responsabilidad. Alcanzar una posición preeminente no es el punto de llegada, sino el de partida, por lo que resulta hilarante escuchar arrogantes afirmaciones del tipo «cuando yo sea…» vacías del necesario contenido de una estrategia, un programa, una mera idea de acción. Son personajes particularmente peligrosos para quienes se crucen en su camino, porque su concepto de competitividad es sumamente despiadado. No tienen problema en sembrar su trayectoria de víctimas porque todo el mundo tiene para ellos un sentido instrumental o un precio. Moral de rata, ética de comadreja, escrúpulos de chacal y poca inclinación a pensar en una alternativa que no sea el triunfo definitivo o lo que ha de suceder después de éste. 

Sin embargo, hay ejemplos que resultan un tanto tristes y se concretan en la forma de personas que comenzaron con una visión más sana de su carrera profesional. Individuos que consideraban que, si la puerta era lo bastante grande para todo el mundo, no había necesidad de abrirse paso a empellones. En algunos casos, con el noble propósito de querer cambiar las cosas y dejar algo mejor de lo que se encontraron. Sin embargo, en algún momento ese ideal dejó paso a otra forma negativa de competitividad: la creencia de que nadie puede hacer las cosas mejor que ellos. Si han desempeñado cargos de responsabilidad, se convierten en la sombra del viejo monarca que intenta cubrir al nuevo; confunden hechos y opiniones a la hora de hacer valoraciones y en último extremo justifican o critican comportamientos ajenos en función de quiénes los hagan. En sus cabezas no hay más espacio que para la propia visión y cualquier intento de debate o de contraargumentación razonada es percibido como algo personal. El mal de la altura ejerciendo sus efectos, pero es tiempo de volver a la respuesta a la cuestión inicial.
Al reflexionar sobre todos los ejemplos descritos someramente en los párrafos precedentes y en algunos que han ido aflorando a mi mente a lo largo de la escritura de este artículo, debo reafirmar la respuesta que es la premisa de esta aportación: la naturaleza constructiva o destructiva de la competitividad depende de las elecciones de cada persona. En la mía, creo que el fin no justifica ningún medio y que, en definitiva, ganar de cualquier manera realmente es perder. Perder a través del sacrificio de cosas que se desprecian en ese momento -como la amistad, la lealtad o el compañerismo- por alcanzar la cima de una cumbre solitaria.

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